Buenos días, a pesar de todo. “Yo aspiro a que mis niños se transformen en chicos que sonrían”. Eso dice Nidia Soto, la creadora de Brazos Abiertos, cuya casa se incendió y más de treinta pequeños refugiados se quedaron sin techo; donde comen más de quinientas personas todos los días. Nidia es ciega y decidió vivir para los demás. Nosotros, empapados por el espíritu de De todo corazón, hemos visitado el hogar, hablamos con ella y nos hemos maravillado con su obra.
Tenemos que volver a darle a Brazos Abiertos todo lo que tenía y mucho más. El domingo estaremos en la plaza del Área Fundacional actuando para ese hogar que nos llena de orgullo. ¿Qué hace falta? De todo, absolutamente de todo. Yo, por ahora, sólo por ahora, te acerco esta poesía, Nidia ciega, Nidia luz. Tal vez las llamas, más que destruir, quisieron avisar.
¡Aquí está Nidia y tiene los brazos abiertos! ¡Aquí está Nidia, no ve nada, pero ve todo! Yo he visto tus manos, mi amiga, poniéndole trabajo a la harina, atizando el calor que conforta, acariciando alguna cabecita de esas que te rodean. Pelos como cepillos, sonrisas con agujeritos, besos agradecidos. Tantos niños y tantos grandes.
Porque el hambre no hace encuestas por edad, el hambre, cuando llega, llega para todos. Vos ves por la tele que algunos comen en mesas con manteles de seda, con platos de porcelana, con cubiertos de plata, y esos manjares que de tan exquisitos dan ganas de pegarle un mordisco a la tele.
Y vos sabés que dentro de poco, ya, ahora, alguien golpeará a tu puerta para pedir al menos el pan nuestro de cada día. Mendrugos que alcancen para resistir, algo, alguito, de las sobras de los otros. Tal vez las llamas nacieron para despertar conciencias, para que sepamos todos que hay gente como vos, Nidia, que reivindica a la otra gente.
A estos que somos y que soy y que nos importa un carajo si un niño despierta desnutrido, sin frazada, sin mundo, si una madre sólo puede dar como alimento la sal de sus lágrimas, si un hombre muestra sus brazos impotentes porque su brazos no pueden ganarle ni un día al hambre.
Tal vez las llamas surgieron para decirnos: Che, ustedes, los que viven quejándose de jefes, de gobiernos, de cuotas, de tarjetas de crédito, sepan que aquí hay una mujer que decidió vivir para los demás. Traigan un poco de sus abrazos para sumarlos a los brazos abiertos. Eh, ustedes, los que les dicen pobres a quienes son semejantes.
Tal vez las llamas, Nidia, hayan llegado para que nosotros, que tenemos ojos, que vemos los colores como son los colores, que miramos los otros ojos y sabemos que nos están mirando. Nosotros, los que gastamos miradas en tantas tonterías. Te digamos Ayudanos a ver, cieguita santa. Ayudanos a ver, Nidia. Ayudanos a ver.
