La política argentina respira en una burbuja. Los problemas sobre los que suele discutir, en muchas ocasiones, está alejada de la agenda de los ciudadanos. Y sobre éstos últimos, no sería apresurado señalar que no le interesan las campañas electorales. Esto, a pesar de esta fuerte división que se ha trazado en los últimos años y que ha hecho muy complicada las sobremesas. Pero todo no puede reducirse a blanco y negro. En algún momento, tanto la dirigencia como sus electores, tienen que pararse sobre la grieta instalada para poder definir hacia dónde iremos como país.
Este domingo volveremos a las urnas. Hay más de una razón para votar, en términos generales. En primer lugar, porque es una de las pocas oportunidades que tenemos para elegir a quien queremos que nos represente, en este caso, en el Congreso nacional o en la Legislatura provincial. Es cierto que el sistema tiene muchas mañas y que desde hace años hace falta una boleta corta que permita mejorar la elección. Tarea pendiente para la clase política que no busca la transparencia.
Pero también hay motivaciones más finitas o simples. Por la afinidad ideológica, por el bolsillo, por la crisis de valores, por bronca y por dolor, por castigo, entre otras. En suma, porque nos merecemos siempre algo mejor, aunque no haya nada que nos indique cómo votar bien. Hay que recordar, sobre todo los que compiten, que en las PASO el nivel de voto en blanco fue bastante alto en Mendoza. Se trató de un llamado de atención para todas las fuerzas. La incredulidad está instalada, pero lo que puede volver es ese vacío de representación que puede devenir en reclamos más duros.
