La forma en que los argentinos administran su dinero está cambiando. Frente a un escenario de mayor incertidumbre, los consumidores comenzaron a mirar con más atención qué compran, cuánto pagan y qué reciben a cambio de cada gasto.
En este contexto aparece un concepto que resume una de las nuevas conductas: la “bolucompra”. El término, utilizado por Moiguer en su análisis del consumo, describe esas compras pequeñas y no esenciales que una persona se permite para darse un gusto, aun cuando está cuidando el presupuesto.
No se trata necesariamente de un producto barato ni de una compra impulsiva. La clave está en que el consumidor resigna otros gastos, pero conserva algunos consumos que considera que valen la pena y que puede justificar dentro de sus posibilidades.
El concepto surge del informe Social Mood correspondiente al tercer trimestre de 2026, elaborado por la consultora Moiguer. El estudio analiza las expectativas y los hábitos de consumo de personas de entre 16 y 75 años de distintos niveles socioeconómicos y puntos del país.
El futuro genera menos confianza
El cambio en la manera de consumir está acompañado por un deterioro de las expectativas. Según el relevamiento, por primera vez quienes creen que la situación del país empeorará durante los próximos 12 meses superan a quienes esperan una mejora.
El 41% de los consultados tiene una perspectiva negativa, mientras que el 38% mantiene una mirada positiva.
La caída del optimismo es más pronunciada en algunos grupos. Frente al primer trimestre de 2025, la proporción de personas que esperaba una mejora bajó 14 puntos porcentuales en el total de la población, 24 puntos entre el segmento ABC1 y 17 puntos entre los jóvenes de 16 a 25 años.
Para Moiguer, entre los sectores de mayores ingresos influyen la pérdida de poder adquisitivo y un escenario menos favorable para invertir o emprender. Entre los jóvenes aparece además la incertidumbre sobre el mercado laboral y las posibilidades de progreso.
El bolsillo obliga a elegir
La situación de los hogares también ayuda a explicar este cambio de comportamiento.
De acuerdo con el informe, el poder adquisitivo de los salarios cayó 11 puntos respecto de enero de 2023, mientras que el ingreso disponible de los hogares bajó 17 puntos.
A esto se suma un aumento del peso de los servicios y el transporte sobre el salario promedio, que creció 11 puntos desde diciembre de 2023.
La consultora plantea así una situación en la que los ingresos disponibles se reducen mientras los gastos fijos ocupan una mayor parte del presupuesto.
La diferencia también aparece al comparar la actividad económica con el consumo masivo. Mientras el indicador de actividad pasó de 100 en 2021 a 116 en junio de 2026, el consumo masivo cayó de 100 a 77 durante el mismo período.
Para los consumidores, esto se traduce en una sensación concreta: la mejora de algunos indicadores económicos no necesariamente se refleja de la misma manera en el bolsillo.
Recortar, pero no dejar de darse gustos
Ante este escenario, los hogares no eliminan todos los gastos considerados prescindibles. En cambio, seleccionan con mayor cuidado qué consumos recortar y cuáles mantener.
Moiguer identifica a cuatro de cada diez hogares como “compensadores”. Se trata de familias que reducen determinados gastos esenciales, pero al mismo tiempo mantienen algunos consumos vinculados con el disfrute, como ropa, tecnología, salidas o viajes.

La lógica consiste en conservar aquellas compras que sienten que realmente “valen la pena”. Y es ahí donde aparece la “bolucompra”.
Comprar barato también cambió
El acceso a productos a menor precio se convirtió en otra de las estrategias para sostener determinados consumos.
Según Moiguer, el 54% de los encuestados compró en un bazar chino durante los últimos meses, mientras que las importaciones mediante el sistema puerta a puerta crecieron 641% frente a 2024.
La búsqueda de alternativas más económicas amplía las opciones disponibles y modifica las referencias de precios que utilizan los consumidores.
Por eso, una compra ya no se analiza solamente en comparación con productos similares. También se compara con qué otra cosa podría comprarse con ese mismo dinero.
Carne o zapatillas: cómo cambiaron los precios relativos
El informe utiliza distintos productos para mostrar que la capacidad de compra no evolucionó de la misma manera en todos los rubros.
En 2022, un salario promedio permitía comprar 156 kilos de carne. En 2026, esa capacidad se redujo a 95 kilos.
En cambio, la cantidad de zapatillas de primera marca que puede adquirirse con un salario promedio aumentó: pasó de 3,4 pares en 2022 a 10,1 pares en 2026.
La consultora resume esta transformación con una frase: “lo cotidiano se encarece, lo dolarizado se abarata”.
Otro ejemplo permite entender cómo los consumidores comparan actualmente distintos gastos. Un combo para tres personas en un local de comida rápida cuesta alrededor de $65.000, mientras que una airfryer ronda los $70.000.
Con valores tan cercanos, la decisión deja de depender únicamente del precio y pasa a estar relacionada con qué utilidad o satisfacción genera cada compra.
Los argentinos siguen consumiendo, pero de otra manera
El cambio no significa que los consumidores hayan dejado de darse gustos. Más bien, buscan nuevas formas de mantenerlos dentro de un presupuesto más ajustado.
Uno de los testimonios incluidos en el estudio corresponde a una familia de nivel socioeconómico C2/C3 de Salta. La persona entrevistada contó que recorre distintos comercios para comprar carne cuando encuentra ofertas, pero también relató que sus hijas viajaron a Bariloche y que adquirieron siete conjuntos de ropa a través de Shein por $100.000, con botas incluidas.
El ejemplo refleja una de las conclusiones del informe: la restricción económica no elimina necesariamente el consumo vinculado con el disfrute, sino que lleva a seleccionar dónde vale la pena gastar.
Las marcas también deben competir por el presupuesto
Este cambio de comportamiento plantea un nuevo desafío para las empresas.
Según Moiguer, las marcas ya no compiten solamente con productos de la misma categoría. También compiten contra cualquier otro gasto que pueda quedarse con una parte del presupuesto del consumidor.
Una salida, una prenda, un electrodoméstico o un viaje pueden terminar disputando los mismos pesos aunque pertenezcan a categorías completamente diferentes.
Por eso, el precio y la funcionalidad ya no son los únicos elementos que determinan una compra. También pesan el disfrute, la duración, la oportunidad y la percepción de valor.
En este escenario, las empresas necesitan demostrar por qué un producto vale lo que cuesta y ofrecer alternativas que faciliten el acceso, como distintos canales de venta o financiación.
La consultora también identifica frases que ayudan a justificar determinados consumos, como “me lo merezco” o “es una inversión en mí”.
Así, la “bolucompra” aparece como parte de un fenómeno más amplio: un consumidor que ajusta, compara y busca precios, pero que también intenta reservar un pequeño espacio del presupuesto para aquello que le genera satisfacción.
