Todo eso que está guardado en la memoria; todos los datos, todos los momentos, todas las imágenes tienen que ver la luz. Dejar de estar ahí como conceptos abstractos y convertirse en hechos concretos. La memoria está para eso, para saber cómo actuar en un tiempo y espacio determinados. Si la memoria no es activa, apenas es un conjunto de recuerdos inútiles.
Pocos 24 de Marzo se parecerán a este. Porque, frente a la violación sistemática de los derechos humanos que se vieron en diferentes partes del país durante la cuarentena, es momento de darles contenido a las consignas que se repiten una y otra vez desde la recuperación de la democracia. Es momento de mostrar que “nunca más” significa nunca más.
La defensa de los derechos humanos implica un compromiso serio, sin distinciones de sexo, raza, nacionalidad o ideología. Es la búsqueda irrestricta del respeto por la condición humana. Lejos está de ser la militancia por conveniencia que intenta apoderarse de conceptos nobles y que no admiten discusión. No hay espacio para la doble vara. No hay espacio para grupos radicalizados que defienden y fomentan las mismas atrocidades que dicen repudiar; de nada sirve levantar falsas banderas con proclamas que no están dispuestos a defender.
Una actividad válida para un día como este, cuando el ejercicio de la memoria es una obligación cívica, es preguntarse qué actitud hubiese tenido cada uno frente a los abusos de aquellos años. Saber si habría defendido la libertad y el ejercicio pleno de la Constitución o si hubiese actuado como bufón cómplice del aparato represivo montado desde el Estado.
