Desde hace más de una década, Mendoza atraviesa una crisis hídrica que la marca. Y en la temporada de verano han saltado las alertas en los organismos oficiales porque también será motivo de ahorro extremo para la producción agrícola. Hay una situación que supera a la provincia: el cambio climático, que golpea de manera contundente a nuestros glaciares, aquellos que alimentan cada cuenca. Y, aunque haya instituciones dedicadas al uso y la distribución de este recurso, no es suficiente.

La discusión por el agua, que sólo ha estado atada a la minería, debería marcar lo que se viene pidiendo aquí: una agenda para el futuro de Mendoza. Es clave no sólo para la vida cotidiana de los mendocinos, sino también es vital para el desarrollo económico.

Desde hace tiempo, la cuestión del agua tiene que ser política de Estado. Es tal la gravedad hacia los próximos años que ya debería ser una base común entre las distintas fuerzas políticas.

No ha ocurrido, pero, de igual manera, hay que dar el primer paso.

El plan maestro que acordó la Provincia, con financiamiento del Consejo Federal de Inversiones, debería servir como puerta de entrada para detectar problemas históricos, planificar obras y cambiar, incluso, un tema central para el sector agrario: la matriz de riego por manto por algún sistema más moderno y eficiente.