El país está sobre el umbral de conmemorar los 40 años ininterrumpidos de democracia. Que no ha sido perfecta, que tiene déficits, que incluso marca la desigualdad en algunos aspectos. Pero ante todo que es una gimnasia perfectible que no sólo concierne a la vida política de los partidos, ni a votar cada tanto, que no sólo involucra a los derechos sino también a las obligaciones. Con todo, es lo que con muchos traspiés hemos podido construir después de la Dictadura, sigue siendo el piso irrenunciable hacia donde ya sabemos que no queremos volver.

Por eso, el atentado contra Cristina Kirchner es un punto de inflexión dramático en lo simbólico. Y como tal, no puede menospreciarse, pero tampoco exagerarse en cuanto a la utilización política que se le quiere dar. Si la discusión es sobre los mensajes de odio, no hay fuerza hoy que pueda tirar la primera piedra, pero esto incluso sólo implica banalizar la situación. Hay límites que ya no pueden cruzarse, eso lo tiene más que claro cualquier dirigente con responsabilidad institucional.

De igual manera, el Gobierno también tiene que entender que si invita a la reflexión no puede regar combustible sobre el fuego convocando a movilizaciones. El consenso básico no sólo tiene que ser sobre un repudio vacío, sino también sobre una plataforma más sólida en la que dos fuerzas que tienen proyectos radicalmente distintos de país puedan tener un punto de partido en común para, precisamente, ir sanando aquellas deudas que aún con democracia pero sólo con la democracia es necesario saldar de una buena vez por todas.