Hay ocasiones en las que la política debería guardar prudencia. Son momentos, en algunos casos, particulares y, en otros, que se vienen arrastrando sin señal alguna de que la situación mejore. Por eso, hay un dicho en la política que asegura que es mejor ponerse colorados un día, por algún error o una mala decisión, que rosados todo el tiempo. El problema es que la tendencia que se impone es, precisamente, esta última tonalidad, porque los gestos no se dan ante una realidad crítica en más de un aspecto. Sucedió con la nueva asunción de ministros, un recambio que de fondo prefigura que las piezas no funcionan, que el desgaste es evidente y que al Gobierno le hace falta oxígeno permanentemente. En el acto hubo 400 invitados y el momento fue celebrado por el oficialismo como una fiesta política. Se olvida, en realidad, de que hay problemas en cada frente, de que las cuestiones que tendrán que afrontar las nuevas ministras no son pocas ni sencillas: paritarias, inflación, pobreza, presiones para destinar más recursos a movimientos sociales y femicidios, entre otros.

Por eso, no hay lugar para estas demostraciones cuando el país estalla todo el tiempo en pequeños hechos. Donde debería haber cautela y austeridad en las actitudes, prima todo lo contrario. Podrá decirse que es para no mostrar debilidad, pero lo que evidencian, al fin y al cabo, es que no saben leer lo que está pasando en la calle.