Hace más de una década que Mendoza padece de una crisis hídrica en la principal cuenca. Hace un año, el Gobierno anunció un plan para morigerar los efectos de un cambio que parece inevitable: la provincia se seca porque sus glaciares han retrocedido. Sin embargo, tras aquel indicio comunicacional, no ha habido ninguna novedad, salvo la compra por parte de Aysam de medidores de agua.
Es tal la mishiadura argentina que una de las cosas que más se han robado en el último tiempo son, precisamente, los medidores de agua. En fin, estos dispositivos harían que los mendocinos no desperdiciemos el elemento. El pronóstico del Departamento General de Irrigación, luego de muchos años de pálidas, ha sido positivo.
Mucho ha ayudado la nieve que ha caído en la cordillera. Sin embargo, una provincia que le pelea cada centímetro de su producción al desierto no puede permitirse simplemente esperar algo de la fortuna; por el contrario, sigue necesitando un plan, obras que eviten el escurrimiento, control y, sobre todo, educación.
Hay mucha expectativa en torno a los fondos de Portezuelo del Viento y se prevé que se destinen a proyectos hídricos. Como sea, todo lo que sirva para cuidar el agua deberá ser bien analizado y consensuado, porque a la escasez no le puede seguir la ansiedad irracional por esos millonarios recursos.
