Los incendios en Corrientes –antes fueron en Córdoba, antes en Río Negro y así– vuelven a mostrar lo peor y lo mejor de este país, incluidos sus gobiernos. Las catástrofes, que son naturales, a su vez muestran las tragedias culturales, que son totalmente humanas.

Básicamente, en lo que nos hemos convertido con el paso de los años, las justificaciones que se escuchan e, incluso, hasta lo peor, las chicanas políticas en los peores momentos, las pérdidas de tierras cultivadas durante todo un año de esfuerzo, la muerte de las especies que ya están en peligro de extinción.

El fuego arrasa de alguna manera también con nuestra vergüenza. Y ocurre igualmente un fenómeno muy singular en el peor de los infiernos. Aflora esa
necesidad de salir a ayudar al otro que está caído, de darle un abrazo al que está con la cara curtida por el humo y la llama. Una corriente que, ante el mayor de nuestros dramas, nos empuja a actuar sin los incentivos de una política desprestigiada, puenteando las burocracias que demoran los recursos
mientras el fuego avanza sin dilaciones. Pura voluntad social que surge desde abajo.

Esto, que de alguna manera nos da aire como país ante tantos aprietos, de alguna manera habla también de cómo se resuelven los problemas. Aún más los ambientales. Es claro que falta una ley de humedales pero también es urgente que alguna gestión fortalezca los organismos que responden a estas emergencias cada verano con más aviones hidrantes, entre otros recursos, porque es probable que el año próximo volvamos a ver cómo se pierden grandes extensiones de tierra. Pero lo que no se puede permitir es la desidia de quienes tienen que cumplir con su función.