No debe haber país en el mundo que tenga una histeria de masas como Argentina con el dólar. Las subas bruscas, las diferentes segmentaciones para una misma moneda –lo cual ya es inédito– y la brecha existente entre el valor oficial y el que se ofrece en el mercado negro marcan las pulsaciones de ciudadanos, economistas, empresarios y funcionarios. Hay algo real: más allá de los intentos de ahorro, legítimos, con esta divisa extranjera, la devaluación sólo ha empobrecido más el peso argentino y, en consecuencia, los salarios.
Cómo será vivir en un país normal, en el cual no se remarquen los precios de una semana a la otra o, mejor, en el que se los pueda encontrar, ya que en este, tanto la especulación como la incertidumbre han hecho que vivamos durante las últimas dos semanas, al menos, con valores que duran un suspiro o, peor, sin montos y, por lo tanto, con los productos guardados. Cómo será vivir en un país donde estas crisis que lo suman todo, desde lo económico a lo social, desde lo delictivo hasta lo migratorio, apenas sean vistas como noticias lejanas de un país extraño que, para cualquiera de nosotros, ya es pan cotidiano.
Esta necesidad de tener una nación más tranquila es imperiosa. Para el que trabaja, para el que emprende, para el que invierte, para el que estudia es preciso tener reglas claras y un horizonte sin mayores imprevistos.
