Casi al término de su alegato, el fiscal Diego Luciani cerró su exposición con una síntesis importante que define, a su vez, la historia reciente del país desde el regreso de la democracia, sus causas penales más emblemáticas y las dilaciones que hubo en algunas de ellas. Hoy, el centro de la discusión gira alrededor de Cristina Fernández de Kirchner, como en otro momento en ese banquillo estuvo Carlos Menem, tras una década de escándalos y graves hechos; y, posteriormente, Fernando de la Rúa, con las deudas que generó su mandato, concluido antes de término.

La frase es ejemplar: “Es corrupción o justicia”. Más allá de las divisiones que pueden plantearse con un país polarizado emocional e ideológicamente, esta no puede ser una distinción que quede al pasar y que sólo sirva para marcar una gestión y que otras silben bajito. La marcan hechos importantes donde hubo pérdidas de vida. Las más recientes, al menos, son dos tragedias colectivas: la de Cromañón y la de Once.

Donde no hubo un efectivo control por parte de los organismos, se terminó negociando con la muerte. Donde se decidió hacer un negocio, se privilegió finalmente la pérdida humana.

Así como hubo alguna vez un “nunca más” para los delitos de lesa humanidad, que aun así tardó años en hacerse efectivo, también tiene que haber un momento en que la Justicia se despegue del poder político y se asuma como poder independiente. Los intentos por controlarla son muchos y es una pulseada constante, no hay que ser ingenuos en esto. Pero lograr un país decente puede partir de una expresión que lo define todo.

Es corrupción o justicia.