Pese a ser un territorio rico y diverso, a Argentina siempre le cuesta tener protagonismo a nivel internacional en el marco de las relaciones con otros Estados. Y ese papel siempre suele jugarse de manera significativa en las cumbres presidenciales, donde hay que validar el peso político del país en el escenario global que está marcado de tensiones, así también como encolumnamientos detrás de los intereses en juego.
De esta manera, el país asistió a una nueva cumbre del poderoso Grupo de los 20, con la necesidad de buscar respaldo en la negociación con el Fondo Monetario Internacional. Pero, en ese ámbito volvió a trascender por parte del Gobierno argentino la política chiquita, con una mirada que apuntó más hacia deslizar culpas a gestiones anteriores con propósitos electorales o a mostrar, incluso, las diferencias internas, como sucede ante la necesidad de hallar el aval de EEUU pero, al mismo tiempo, esa incongruencia de salir a cuestionar a uno de los socios fundamentales del organismo multilateral. No se entiende.
Este club selecto, por otra parte, es una invitación para revalidar el liderazgo de quien representa a un país. Una situación que también tiene sus complicaciones, puesto que ha sido el mismo presidente quien ha ido erosionando paulatinamente su propia figura en plena crisis sanitaria, lo que, de alguna manera, finalmente tiene cierto impacto a la hora de sentarse a negociar con los actores que mueven los hilos en el plano internacional.
