En la Argentina de Discépolo pasan los años pero se mantiene esa frase que funciona casi como una verdad, si no hay llanto, no hay teta. Y ese complemento para la supervivencia social, pero también política, no lo otorga otra institución más que el Estado. Se acerca diciembre y la inflación apura tanto a los que se movilizan en las calles como a los que deciden detrás de los escritorios. No es extraño, en este marco, que en el Gobierno surjan reclamos internos porque ya es prácticamente una situación regular que mantiene el funcionamiento en un tire y afloje constante entre socios de un mismo frente.
La puja fue, en este caso, por un bono para los sectores más postergados. Pero, como parte de esta maquinaria donde las necesidades se negocian y utilizan para sacar un crédito político, también los que reclaman una ayuda extra contra los aumentos constantes de precios son los movimientos sociales y las agrupaciones de izquierda que movilizan gente. Esto, a contramano de lo que el propio Ministerio de Economía tiene que cumplir a rajatabla con los organismos internacionales como el FMI, que clama no sólo por la espiral inflacionaria sino, además, por el déficit que se va en la asistencia social. No parece que hubiera otra matriz de contención social que esta. En tanto, en una Mendoza que tiene dificultades para crear empleo privado, los empresarios afirman que les cuesta conseguir mano de obra porque no pueden competir con lo que otorga el aparato estatal.
