El mundo no tiene paz. Cuando estamos a punto de salir de la peor pandemia en cien años, que provocó alteraciones de todo tipo –desde las pérdidas económicas hasta el malestar en el sueño y, por supuesto, las víctimas fatales de coronavirus–, ahora, una de las principales potencias se embarca en una guerra que traerá consecuencias en todo el mapa. No se sabe cuánto durará este conflicto ni cómo impactará y, de hecho, tampoco si habrá otras potencias que tomen intervención y la situación se agrave.

Aunque parezca engañoso por su ubicación geográfica, Argentina no está lejos de esta contienda en la que se juega mucho. No es una cuestión de kilómetros, sino de relaciones geopolíticas. Un mes atrás, el presidente se encontraba extendiéndole la mano al principal impulsor de esta guerra y dando manifestaciones políticas que no fueron prudentes, principalmente, porque, en ese momento, Argentina estaba a punto de definir si cerraba un acuerdo con su principal acreedor por una mochila de US$ 44.000 millones.

Alberto Fernández está en un laberinto diplomático. Así lo dan a entender los comunicados que ha emitido la Cancillería en las últimas 48 horas, con mínimos giros discursivos que no lo distancian de Rusia: una liviandad para condenar lo obvio, ya que cualquier persona está en contra de la guerra. Por el contrario, las conveniencias de diversa índole han atado políticamente a este gobierno con el ahora invasor Vladimir Putin. No se puede ser ingenuo en estos teatros, porque todos piden alineaciones y respaldos si uno va en busca de ayuda. Pero tampoco se puede ser desbocado ni tibio.