Donde hay una necesidad, nace un negocio… o un negociado. Eso parece haber primado durante los últimos años en Argentina. La denuncia hecha por el Ministerio de Capital Humano, acerca de la inexistencia de comedores y merenderos que recibían alimentos y presupuesto, reflejó cómo se administra la pobreza políticamente.
La situación está en sintonía con la investigación que intenta esclarecer la red de extorsiones llevada adelante por movimientos sociales para condicionar asistencia social a la presencia en marchas y manifestaciones.
Se trata de los llamados gerentes de la pobreza; aquellos que han visto en la vulnerabilidad social para posibilidad de empoderarse política y económicamente.
La pobreza es un gran negocio para unos pocos. Y la ayuda social sin ningún tipo de planificación ni control es la herramienta usada por aquellos que encuentran allí un público electoral cautivo, incapaces de imaginar un futuro más allá de las limosnas que reciben.
Se aprovecharon, incluso, de una de las pocas posibilidades de reconstruir el tejido social. Utilizaron el hambre de millones de argentinos para jugar con una parafernalia mediática, y la convirtieron en una caja política.
Y allí también entran las figuras artísticas y del ámbito cultural que se prestaron al juego. Nadie es inocente en esta historia, más allá de los delitos que pudieron cometerse. Avalaron y militaron lo que se veía venir como un foco de corrupción. Y ahora todos miran para otro lado.
