Hay una estrategia que, si bien en principio tuvo una finalidad política, se está convirtiendo en un juego perverso. Tiene que ver con esta extraña relación que el Gobierno nacional estableció con la campaña de vacunación contra el coronavirus.

Desde un primer instante, para el Ejecutivo fue una cuestión partidaria más que sanitaria. O, al menos, ese fue el modo de comunicarlo.

Vacunas con sesgo geopolítico e ideológico. Y poco o nada de arrepentimiento por el hecho de que se utilizó el aparato del Estado para montar un vacunatorio exclusivo para amigos y simpatizantes. Ese fue el mensaje.

Hubo una reacción inicial que pareció estar a la altura de la gravedad del asunto. Y, así, tuvo que presentar su renuncia Ginés González García. Sin embargo, con el pasar de los días, el escándalo no sólo se relativizó, sino que hasta aparecieron justificaciones y provocaciones en las redes sociales, con un dato alarmante: funcionarios de primera línea decidieron usar sus perfiles para hacer publicaciones que potenciaron el nivel de irritabilidad existente.

Sacan fotos o hacen ostentación de una vacuna que se convirtió en un bien escaso y al que millones de argentinos aún no pueden acceder. Lo hacen aun conociendo la realidad adversa que supieron construir desde el punto de vista epidemiológico y social. Los fanáticos festejan, sonríen y dejan en claro que pertenecer ideológicamente al sector gobernante tiene sus privilegios.

El mensaje es peligroso. Atenta contra la lógica de la democracia y contra el principio constitucional que indica que en Argentina no existen prerrogativas. El tema es saber si, a esta altura, democracia y constitución siguen siendo palabras cargadas de valor o son simples conceptos vacíos.