Chile le dio un cachetazo a la clase política argentina, especialmente a quienes tienen la responsabilidad de conducir el Poder Ejecutivo de la Nación. El país trasandino se convirtió en el líder mundial en materia de vacunación contra el coronavirus y dejó en claro que no hace falta poderío económico para lograrlo, al contrario.

El secreto del éxito chileno está vinculado con un tema de gestión y de despolitización de las planificaciones sanitarias. Tiene que ver con una cuestión de madurez. Ocurrió en Chile y sucede lo mismo en los países desarrollados, donde a nadie se le ocurriría mezclar cuestiones partidarias con ciencia, como ocurrió en nuestro país. O donde los datos científicos se respetan y se valoran a la hora de diagramar las estrategias de vacunación.

Argentina fue el ejemplo de la imprudencia. Se impuso la fe por encima de los resultados médicos. Se apostó por una vacuna que todavía no tenía avales y se jugó de manera ideológica con el origen de la misma, como si Rusia en la actualidad representara los valores soviéticos de otrora. Un disparate desde todo punto de vista y avalado desde el máximo nivel de toma de decisiones. Como si fuera poco, después llegó el escándalo del vacunatorio vip y todo quedó ensombrecido.

Es hora de asumir la responsabilidad en el cuidado de la población; abandonar las ambiciones de poder; dejar de lado la militancia berreta y entender que, mientras el mundo está apostando por lograr la inmunidad, acá, las discusiones importantes están pasando por temas que poco y nada tienen que ver con el coronavirus. Hay quienes buscan una respuesta del Estado que debe llegar en forma de vacuna. En tanto, la gente sigue muriendo.