Los discursos y los actos políticos tienen la particularidad de querer maquillar el panorama desalentador que queda en evidencia cuando se analizan datos objetivos. La realidad es otra. Los números muestran que la situación argentina en relación con el manejo de la pandemia está entre las peores; sobre todo, porque se tomaron decisiones desacertadas o tardías.

A la crisis sanitaria, que se refleja con más de 92.000 muertos por COVID-19, se suma la hecatombe financiera que todavía no se termina de digerir. Se conocen las causas que llevaron al país a caer en la clasificación de los mercados, lo que aún no está claro es cómo y cuándo se sentirán las consecuencias de la marginalidad internacional.

Mientras la realidad golpea día a día, la decisión de rendir homenaje a los fallecidos por coronavirus parece casi una medida más provocadora que sensata. No porque las víctimas ni sus familiares merezcan algún acompañamiento, sino porque en el camino se adoptaron arbitrariedades que hicieron que cualquier estrategia de prevención fuese cuesta arriba.

Incluso así, lo más grave tuvo que ver con la planificación de la campaña de vacunación.

Los errores en las compras, las demoras y hasta la discusión sobre cuáles eran las mejores opciones entran en la dimensión de los debates de gestión. Lo que no tiene justificación es no haber profundizado y esclarecido una investigación para saber qué ocurrió con el vacunatorio VIP. La salida de Ginés González del Ministerio de Salud no fue suficiente. El presidente minimizó el caso, como si se hubiese tratado de una picardía y no de un delito. De algún modo, es negar que esas vacunas que recibieron los amigos del poder podrían haber salvado a alguno de los “homenajeados”.