Después de una década de crisis hídrica, el Gran Mendoza vuelve a contemplar cómo el río Mendoza, su principal fuente de agua potable, llega con su caudal a localidades donde tranquilamente por generaciones sólo han visto en ese curso una huella de arena. Una fiesta inusual para este desierto.
Pero lo que puede ser una bendición, a veces se torna una tragedia. En medio de una ola de calor, sucede con aquellas personas que se meten al río en costas que no son seguras, o peor, en canales y zanjones que tienen un caudal fuerte y que nunca estuvieron pensados como natatorios públicos. El resto es historia. De la alegría de un momento a la desesperación, en otro.
El problema de base es cultural, de educación, compete en primer lugar a las familias y todo lo que pueda hacerse de primera mano en la casa para no tener que llorar después. Pero también en buena medida es una cuestión de políticas.
Una campaña desde el Estado no puede surgir cuando sólo queda lamentar. Es una reacción tardía que sólo sirve como salvavidas para el funcionario de turno, que se percató que había que anticiparse al chapuzón recién cuando el cuerpo es rescatado.
Ocurre ahora, porque se nota que no hay prevención alguna. Ojo, hubo veranos donde la Provincia planificó, se instalaron carteles y se lanzó una fuerte campaña de concientización. Las muertes se redujeron, porque no se vio a chicos bañándose en piletones donde se almacena agua para consumo humano. No hay que relajarse.
