Sergio “Maravilla” Martínez retuvo la corona de los medianos que alguna vez ostentó Carlos Monzón en su peor actuación de los últimos años, atenuada en parte por la lesión en su mano izquierda que, según sus palabras, sucedió en el segundo round.

“Maravilla” redondeó una discreta producción, al margen de la lesión, porque sus problemas se originaron en una incorrecta lectura de su rival, fuerte, lineal y frontal, y en movimientos de traslación lentos que lo pusieron en la línea de fuego, como para pensar que su rodilla derecha, operada, no estaba diez puntos.

Por ejemplo, un giro tardío en postura erguida fue justo el blanco para que la derecha de largo recorrido de Martin Murray lo pusiera en el piso en el octavo round.

O quedarse en las sogas en el algunos pasajes facilitando que el inglés ganara la medida sin esfuerzo y sin procurarse una posición de descarga para las combinaciones.

Pelear con una mano lastimada no es fácil para nadie y los recursos de Martínez lo disimularon, pero sus falencias abarcaron otros tópicos, más relacionados a su edad (38 años) y a sus 16 temporadas arriba de un ring como profesional, a lo hay que agregar sus años de amateur y miles de horas de entrenamiento.

No fue casual que se entrenador, Pablo Sarmiento, le dijera a Télam antes de la pelea que “Maravilla” no debía combatir en lo que restaba del año, cuando es sabido que HBO lo tiene contratado para dos peleas en 2013 y una en el 2014.

El peor enemigo del campeón mundial es el almanaque, por encima de sus rivales, salvo que éstos sean boxeadores top como Floyd Mayweather o “El Canelo”.

Al resto de los superwelters o medianos, el pugilista de Quilmes los domina por variedad de recursos, fundamentación y fortaleza mental, pero siempre, claro está, con un respaldo físico.    

El mejor “Maravilla” fue el del ciclo 2009, 2010, primera mitad del 2011, con soberbias actuaciones ante Kermit Cintron, Paul Williams (dos veces), Kelly Pavlik y Sergey Dzinziruk, pese a que de estas cinco peleas, ganó tres, empató una y perdió la restante.

Era un Martínez pleno, física y mentalmente, que sintetizaba el ascenso y la consolidación en las Grandes Ligas, como dicen los norteamericanos, léase pelear para una gran cadena como HBO.

Desde allí comenzó un ligero declive, amesetado, y peleas contra rivales de otro orden. Curiosamente tres ingleses (Darren Baker, Matthew Macklin y Martin Murray) y un mexicano portador de apellido como Julio César Chávez junior.

Las victorias cada vez constaron más y en las dos últimas fue derribado y sufrió lesiones, un aviso de que ya son escasas las hojas que quedan en su almanaque.

Paradójicamente, este último ciclo fue el que lo hizo mediático, el del “Maravilla” que busca la puerta para un retiro con gloria.

Por eso, parece atinado un descanso largo y una reformulación de sus objetivos, ahora que su carisma lo hizo tan mediático y tan necesario para el boxeo argentino, tanto que el presidente de la Federación Argentina, Osvaldo Bisbal, subrayó que se triplicaron los pedidos de licencias, lo que en boxeo significa sacar de la calle y ordenar la vida de chicos de barrios humildes.

Martínez ganó una pelea cerrada, de apreciación, que muchos periodistas vieron favorable a Murray, pero eso es historia. Ahora hay que preparar el camino del adiós, que debe ser tan brillante como ejemplar fue su trayectoria.

Párrafos finales para la organización, que no estuvo a la altura de una fiesta del boxeo como no se vio nunca en la Argentina, con una multitud que desafío un día horrible de viento y lluvia.

El clima no ayudó pero eso no justifica que la cartelera arrancara con una hora de demora, que no se informara al público de las modificaciones en los horarios, o que se le haya avisado a una parte de la prensa y no a toda, que una barra, supuestamente de Vélez, subiera al ring tras la pelea, lo deteriorara y de paso robara a los reporteros gráficos.

Si “Maravilla” decide cerrar su brillante campaña en la Argentina, como muy probablemente lo haga, su despedida tiene que ser como él lo fue en toda su vida: impecable.