Una contractura que vuelve cada semana. Una espalda que duele después de una jornada frente a la computadora. Un cuello rígido que empeora en los días de mayor tensión. Para muchas personas, el dolor termina convirtiéndose en parte de la rutina, incluso cuando los estudios médicos no muestran una lesión capaz de explicar por completo lo que sienten.

La primera reacción suele ser buscar una solución inmediata: un analgésico, un antiinflamatorio, un masaje o unos días de reposo. Estas medidas pueden ser necesarias, pero no siempre alcanzan para resolver un dolor que se mantiene en el tiempo.

La explicación está, en parte, en la manera en que el sistema nervioso procesa las señales del cuerpo. Hoy sabemos que el dolor no depende exclusivamente del estado de los tejidos: también intervienen mecanismos nerviosos, experiencias previas, el descanso y el contexto emocional. Eso no significa que el dolor sea imaginario ni que todo se deba al estrés. Significa que el organismo tiene un sistema de protección complejo, capaz de modificar su respuesta ante una amenaza.

Cuando la alarma sigue sonando

El dolor agudo cumple una función protectora. Si nos torcemos un tobillo o nos quemamos una mano, el sistema nervioso detecta una posible lesión y genera una respuesta que nos lleva a retirar la mano o evitar apoyar el pie.

El problema aparece cuando el dolor persiste más allá del tiempo habitual de recuperación o se vuelve recurrente. La Asociación Internacional para el Estudio del Dolor (IASP) define el dolor crónico como aquel que persiste o reaparece durante más de tres meses. En algunos casos, puede mantenerse aunque la lesión inicial haya cicatrizado.

Una de las explicaciones posibles es la sensibilización del sistema nervioso. Este proceso puede hacer que determinados estímulos se perciban como más dolorosos de lo habitual. El sistema que debía protegernos aumenta su respuesta y el umbral frente al dolor puede disminuir.

No sucede en todas las personas ni explica todos los cuadros de dolor persistente. Hay dolores que continúan por enfermedades inflamatorias, lesiones nerviosas, alteraciones estructurales u otras causas que necesitan diagnóstico y tratamiento específico. Por eso, cuando el dolor persiste, la pregunta no debería ser solamente dónde duele, sino también qué mecanismos pueden estar manteniéndolo.

El estrés también modifica la percepción del dolor

¿Alguna vez sentiste que la espalda te dolía más después de una discusión, una noche de mal sueño o una semana de mucho trabajo? La relación entre estrés y dolor tiene una explicación fisiológica. Cuando el organismo permanece bajo presión, cambian la actividad del sistema nervioso autónomo, la tensión muscular, el descanso y los mecanismos que regulan la percepción dolorosa.

Dormir mal puede aumentar la sensibilidad al dolor. A su vez, el dolor dificulta el sueño. Si esa relación se sostiene durante semanas, puede formarse un círculo difícil de interrumpir.

También influye la anticipación: si una persona teme que un movimiento le provoque dolor, puede comenzar a evitarlo. Esa protección resulta comprensible, especialmente después de una lesión, pero cuando se prolonga sin una indicación clínica puede reducir la movilidad y la confianza para realizar actividades cotidianas.

Nada de esto significa que la persona esté exagerando. El dolor es real, aunque su intensidad no se corresponda de manera directa con una lesión visible en una radiografía o una resonancia.

Pantallas, sedentarismo y tensión muscular

En Mendoza, como en tantas otras ciudades, buena parte de la jornada transcurre entre el automóvil, la computadora y el teléfono. El problema no es una postura aislada ni existe una única posición corporal perfecta. El desafío aparece cuando pasamos muchas horas con poca variación de movimiento.

Permanecer demasiado tiempo en la misma posición puede generar molestias, rigidez y fatiga muscular. Si, además, dormimos poco y acumulamos estrés, la recuperación puede resultar más difícil.

La Encuesta Nacional de Factores de Riesgo, elaborada por el INDEC y el entonces Ministerio de Salud y Desarrollo Social de la Nación, registró niveles bajos de actividad física en seis de cada diez personas adultas. Es un dato nacional que permite dimensionar el desafío del movimiento, aunque no mide directamente la prevalencia del dolor crónico ni permite atribuirlo al sedentarismo.

La respuesta no consiste en corregir permanentemente la postura ni en exigirle al cuerpo que permanezca rígido. Consiste en interrumpir la inmovilidad, alternar posiciones y recuperar gradualmente actividades que resulten tolerables.

¿El movimiento puede ayudar a aliviar el dolor?

Durante mucho tiempo, el reposo fue una respuesta habitual frente al dolor de espalda. Hoy las recomendaciones clínicas distinguen entre una lesión aguda que necesita cuidados específicos y un cuadro persistente en el que mantenerse activo, con las adaptaciones necesarias, puede favorecer la recuperación funcional.

En diciembre de 2023, la Organización Mundial de la Salud publicó sus primeras directrices para el tratamiento no quirúrgico del dolor lumbar primario crónico en adultos. Entre las intervenciones que contempla figuran la educación sobre el dolor, los programas de ejercicio, determinadas terapias psicológicas y algunos medicamentos. La recomendación central es adaptar el tratamiento a cada persona y considerar los factores físicos, psicológicos y sociales que pueden influir en su evolución.

En ese abordaje, el yoga terapéutico puede ser una herramienta complementaria. Sus prácticas combinan movimientos, posturas, respiración y atención corporal. Para algunas personas, esa combinación facilita recuperar movilidad, regular la tensión y volver a confiar en el cuerpo.

Sin embargo, el yoga no cura todas las causas del dolor ni reemplaza una evaluación médica o kinesiológica. Las posturas y la intensidad deben ajustarse al cuadro de cada persona, especialmente cuando existen lesiones, enfermedades o limitaciones funcionales. El objetivo no es entrenar hasta que el dolor desaparezca. Es recuperar capacidad de movimiento sin agravar los síntomas y con una progresión adecuada.

Una pausa de cinco minutos para volver al cuerpo

Si pasás muchas horas sentado y no tenés una lesión que requiera restricciones específicas, podés probar esta pequeña pausa de movimiento. No es un tratamiento para el dolor crónico ni una rutina para forzar zonas doloridas: es una forma de interrumpir la inmovilidad.

  • Minuto 1. Respiración tranquila. Sentate con los pies apoyados y dejá que la respiración encuentre un ritmo cómodo. No hace falta inspirar profundamente ni retener el aire.
  • Minuto 2. Movilidad de hombros. Elevá y descendé los hombros lentamente. Después, realizá círculos pequeños y suaves, sin forzar el cuello.
  • Minuto 3. Movimiento de columna. Sentado o de pie, alterná suavemente entre redondear la espalda y recuperar una posición erguida. Movete dentro de un rango cómodo.
  • Minuto 4. Caderas y piernas. Caminá despacio por la habitación o alterná pequeños cambios de apoyo entre ambos pies.
  • Minuto 5. Atención corporal. Detenete y observá cómo te sentís. No busques una postura perfecta ni evalúes el éxito de la pausa por la desaparición inmediata del dolor.

Si un movimiento provoca dolor intenso, síntomas nuevos o un empeoramiento sostenido, interrumpilo y consultá con un profesional.

Tratar el dolor es mucho más que silenciar una señal

Los medicamentos siguen siendo necesarios en numerosos cuadros y deben utilizarse según la indicación profesional. Tampoco hay que atribuir automáticamente un dolor persistente al estrés, al sedentarismo o a una supuesta alarma nerviosa: primero hay que evaluar sus posibles causas.

Lo que cambió es la comprensión del problema. En muchos casos, el tratamiento necesita combinar diagnóstico, educación, actividad física adaptada, descanso y herramientas para manejar el estrés.

El cuerpo no es una máquina averiada cada vez que duele. Pero tampoco hay que ignorar sus señales. Escucharlas significa investigar qué ocurre, reconocer los límites actuales y encontrar una manera segura de recuperar movimiento.

A veces, el primer paso no es hacer más fuerza ni quedarse completamente quieto. Es aprender, con el acompañamiento adecuado, a moverse sin miedo y recuperar poco a poco la confianza en el propio cuerpo.

Porque aliviar el dolor importa. Recuperar la posibilidad de vivir sin que el dolor organice cada decisión también.