El medio siempre ha sido buena parte del mensaje. Así, si en este preciso instante de la historia occidental, ni un minuto antes ni una semana después, preguntáramos por el sitio de la comunicación de ida y vuelta por excelencia, la mayoría contestaría, sin dudarlo: el WhatsApp.
Cuando estudiábamos las teorías de MacLuhan en la facultad pensábamos en grandes mensajes y poderosos mensajeros que iban a cambiar el curso de la historia, encender chispas de revoluciones o instalar hábitos de consumo que motorizaran un modelo económico u otro. La experiencia nos va metiendo de lleno en el lugar del mensajero, porque el mensaje también es el cotidiano, el de los amigos, el de contagiar deseo, el de quedar, y el de vislumbrar amor. Y el medio son todos nuestros actuales y crecientes modos de comunicación: las apps de nuestros celulares, nuestras websites favoritas, el correo, el chat, las redes…
Los que empezamos chateando por MSN Hotmail necesitábamos un ordenador para eternizar la charla. Ahora el chat del Facebook, del Tuenti o el Skype cumplen esa función, incluso desde móviles o tablets, aunque nada es tan inmediato y portátil como el WhatsApp.
Tan sencillo como un “¿qué hay?”, que puede ser respondido con un “aquí” o con una larguísima explicación de nuestro estado de ánimo o con una foto de “mira dónde me agarras” o con un emoticón y la propuesta: “¿nos tomamos algo?”
No quiero parecer una agente publicitaria del sistema de mensajería (que, además, desde este año, nos cobra una cuota anual o única, dependiendo de que nuestro aparato tenga o no dibujada una manzanita), pero es que es difícil desconocer lo que este iconito verde chillón con telefonito blanco está significando en esta etapa de nuestra vida social. Lejos o cerca, a un océano de distancia o desde el timbre de la puerta de tu casa, el WhatsApp se ha impuesto por ágil, pero también por sugerente y multiuso. Sí, muchas cosas contradictorias y una función indiscutible: ligar.
“Me vuelves loco”, fue la frase que destrabó mi resistencia a volver a ver a un chico con el que habíamos tenido sexo efímero y sin compromiso ¿Quién puede resistirse a semejante deseo? Todavía no he vuelto a verlo, pero no lo borro ni lo bloqueo y siempre respondo a sus whatsapps (y, por supuesto, hoy no descarto nada).
A veces, una frase ingeniosa o picante, sexy, consigue llamarnos la atención en medio de esta jungla superpoblada de mensajes o sacudirnos la modorra de la rutina y casi siempre nos lleva a contestar. Y eso solo sucede en ese medio, porque en casi todos los demás parece que siempre podemos eludir una respuesta directa y personalizada, o dilatarla (pensemos en nuestras interacciones por Facebook, por Twitter o en nuestros ritmos postales).
Me he puesto a pensar en estas cuestiones a partir justamente de un WhatsApp que me mandó David del Bass, factótum de una llamada “Escuela de Seductores” que funciona en Madrid, comentándome que acababan de lanzar un nuevo libro: ¿Cómo ligar por WhatsApp?. El e-book, escrito por él mismo junto con Alejandro Gálvez y Álvaro Reyes está inspirado en un original americano llamado Magnetic Messaging, que ellos citan profusamente y que amplían con su propia experiencia.
Se lee en Cómo ligar…: “el WhatsApp es una forma de comunicación totalmente diferente a las demás, requiere muchísima menos inversión que los SMS o que las llamadas, y no me estoy refiriendo precisamente al dinero. Supongo que ya te habrás dado cuenta de que es mucho más fácil que una chica que conociste en una noche de fiesta o por la calle te responda a un mensaje por WhatsApp que antes, cuando las únicas opciones eran SMS o llamadas. A lo mejor pensabas que era por el dinero y que si las mujeres no te respondían a tus SMS era porque son todas unas agarradas. Pues no te equivoques, el motivo por el que no te respondían es que el SMS, aparte de la inversión económica, suponía una mayor inversión emocional. Para ellas era como si al responderte un SMS estuvieran demostrándote que te querían volver a ver, y muchas veces si no lo tenían muy claro, preferían directamente no responder antes que arriesgarse a que tú pensaras cosas que no eran. Con el WhatsApp no pasa eso, porque para ellas es como si llevaran el messenger “portátil” en el bolsillo, donde una respuesta no significa NADA, ni les supone una inversión de ningún tipo (ni económica, ni emocional)”.
Con sus propias palabras, explicado queda el valor simbólico de lo que circula por este sistema de mensajería, ¿no? El libro transmite muy bien la idea del juego, del atreverse a jugar y a divertirse, más allá del poder arribar a la meta de conseguir sexo con alguien que nos gusta o intentar la pareja. Acertado resulta el tono desenfadado pero no ganador, en primera persona, partiendo ante todo de los propios “errores” y empatizando con los “perdedores”, aunque ellos son tres chicos guapos que no llegan a los 30 y que reconocen que no tienen problemas en el directo. Dicen, eso sí, que a veces se embarrancan en la previa de las letritas, fundamental para llegar al contacto cara a cara con una chica a la que quieren interesar por primera vez o con quien quieren volver a salir o a la que tienen que convencer de que no son unos donjuanes empedernidos que hacen lo mismo con todas.
Es y no es un protocolo de sexting, porque ellos hablan de bastantes más cosas que el sexo y el objetivo no es la sesión hot virtual en sí misma. La misión, según lo plantean, es ayudar a despertar emociones, crear conexiones y manejar la logística. Dicen dirigirse solo a los hombres, porque las chicas son seductoras por naturaleza y ya son especialistas en mantener charlas de consultoría con sus amigas (mostrarse capturas de pantalla con los diálogos, indagar en la web el CV sentimental de los aspirantes y aconsejarse), cosas que a los chicos suele avergonzar.
Algunos consejos extraídos de Cómo ligar…:
– Generar curiosidad. Un ejemplo: “iba a escribirte y releyendo los mensajes anteriores en mi cabeza sonaban con tu acento”.
– Llamar con el celular desde la calle. “Si haces la llamada desde tu casa y sin que haya ningún tipo de ruido o sonido de fondo, aparte de que será mucho más fácil que aparezcan silencios incómodos, cuando ella te pregunte o se dé cuenta, lo que el subconsciente le dirá es que eres un hombre aburrido encerrado en casa y que no tiene nada que hacer”.
– “Nunca confieses tus sentimientos por WhatsApp”.
– No alargar innecesariamente la conversación por WhatsApp.
– Dejar que la mujer se implique en el juego.
Todo esto, claro está, es tan fugaz como todos los gadgets, los sistemas operativos y las apps, porque todos los días sale algo nuevo. Y como los sistemas de control y paranoia cada vez se aceitan cada vez más (podemos ver cuándo se ha conectado el otro por última vez o si está en línea ahora mismo), sabemos si el otro está allí y no quiere contestarnos o sospechamos un bloqueo si hace mucho que está offline, no nos salvaremos de las infinitas especulaciones del amor, la atracción y el deseo. Ni del susto de quedar asociados para siempre a unas palabras non-sanctas con una captura de pantalla, de eso tampoco.
Fuente: Anne Cé- El País
