Así como en la Navidad aparecía la figura del Tomte, en las Pascuas suecas el lugar central lo tuvieron las brujas. Los días de Semana Santa las casas se llenaron de tulipanes (tulpaner), lirios (påskliljor) y para dar comienzo a la cuaresma se colocaron plumas de colores en las ramas desnudas del abedul.

Así, la fría y gris Estcolmo del invierno se iba llenando de vivos colores.

Como si se tratase del día de brujas norteamericano, la tradición escandinava celebra que los niños disfrazados de hechiceros (påskkärringar) se diviertan pidiendo dulces puerta a puerta. Porque la leyenda cuenta que en el Jueves anto las brujas, en un pacto con el demonio volaban a sue encuentro, y el Domingo regresaban a casa de nuevo. Esta leyenda que parece tan inocente y divertida se relaciona en verdad con los trágicos Juicios de brujas acontecidos durante la Edad Media y hasta principios de 1700, donde perseguían a mujeres (muchas veces conocedoras de la medicina de las plantas) y las quemaban en la hoguera.

En relación a las leyendas parece que no todo es blanco y negro, hay un espectro que va de las brujas maliciosas (que volaban en escobas y animales), a las brujas buenas de mejillas rosadas que reparten flores, y hacen honor al antiguo conocimiento de la naturaleza y a los buenos deseos.

Una nota de color sobre la Pascuas: no hay nada de huevos de chocolate, aquí los niños comieron huevos duros, que ellos mismos decoran previamente.

En países con largos y duros inviernos como este, los huevos son símbolos de renacimiento, sobre todo se asocia a tener nuevamente algo de comer tras un largo infertil invierno. Por eso, tener un huevo fresco para la Semana Santa era todo un premio. Su simbolismo también se asocia a la primavera, estación fértil por excelencia.

Este año la primavera llegó puntual con las celebraciones; tras después de meses de oscuridad y cielos agrisados, llegaron los primeros días de sol del año! Y el domingo de resurrección resultó una verdadera Pascua florida.
Los cerezos de uno de los parques más antiguos de Estocolmo -Kungsträdgården (Los jardines del rey)- se ofrecían a la gente que se acercaba a tomarse fotos y pasear entre las pródigas copas rosadas.


La plaza que durante la temporada de invierno fue una pista de patinaje pública y gratuita se llenó de gente. Todos disfrutaban el sol y comían dulces que guardaban en cajitas de cartón ovalado. Cómo para no festejar semejante ebullición y alegría.

