La escena transcurre en la esquina de las calles Córdoba y 25 de Mayo, en San Miguel de Tucumán, mientras me conducen desde el aeropuerto al hotel en donde me alojaré esa noche tras la conferencia que daré en la Universidad Tecnológica. El espeso tránsito del mediodía nos detiene y mientras esperamos reanudar la marcha se escuchan unos fuertes gritos. Al principio cuesta distinguir si se trata de una discusión o una celebración, pero pronto nos quitamos la duda. Un hombre de larga cabellera desgreñada y aspecto harapiento acaba de cruzar la calle y, justo en la esquina, se encuentra con alguien que avanza hacia él y parece su propia imagen en un espejo. Este lleva también ropas gastadas y en las últimas, una larga barba, cabellera grisácea y sin forma y un sombrero raído que corona su cabeza. Ambos abren los brazos, los ojos y la boca y se abalanzan el uno sobre el otro fundiéndose en un poderoso y estrecho abrazo. Gritan con júbilo en celebración de ese encuentro, al parecer inesperado, y, sin soltarse, empiezan a saltar y a girar en una danza improvisada y contagiosa. Los transeúntes se detienen a observarlos y, en los autos, cesan la impaciencia, la ansiedad y los bocinazos. Los conductores están ahora ocupados con esa escena. Miro sus caras y las de los peatones. Hay ceños que se han distendido, gestos que se ablandaron, expresiones de afable sorpresa, muchas sonrisas y uno que otro talante desconcertado.
Los dos desarrapados detienen sus saltos, separan un poco sus cuerpos sin deshacer el abrazo y se miran sin dejar de reír a carcajadas. Uno suelta una mano y palmea un cachete del otro. Siguen así unos instantes, entonces se separan, se manotean de un modo juguetón y reanudan su marcha, en direcciones opuestas. Todavía giran un par de veces a la distancia, se saludan y ríen. Todos los demás movimientos (los de la gente y los autos), así como los sonidos, se reinician como si se hubiera descongelado una imagen. Todavía dura en las caras el saludable efecto de la escena. “Me mejoraron el día”, dice entre sonrisas una de mis acompañantes. Y, estoy seguro, habla en nombre de todos los que fuimos testigos del encuentro.
¿Sabrán ellos lo que hicieron? ¿Sabrán que le mejoraron el día a varias personas con el solo hecho de celebrarse? ¿Quiénes son? ¿Dónde pasan sus noches? ¿Cómo se alimentan? ¿Cuál fue el derrotero que los llevó a verse así? ¿Conocieron tiempos mejores desde el punto de vista económico y material? ¿O es este, cuando pueden encontrarse, reírse a los gritos y bailar en la calle, su tiempo mejor? ¿Tienen familia? ¿La tuvieron? ¿Cómo fue su infancia? ¿Qué piensan? ¿De qué hablan? ¿Tienen sueños? ¿Qué los preocupa? Mientras transcurría el día y me dedicaba a las actividades que me habían llevado a aquella provincia, la escena callejera volvía una y otra vez a mi mente, y con ella estas y otras preguntas. Ni hablar de algunos pensamientos inevitables y obvios. Casi lugares comunes. Por ejemplo, qué poco se necesita para un momento feliz. O su opuesto: cuánta gente que aparentemente lo tiene todo es incapaz de una sonrisa espontánea.
Sobre aquellos dos se puede pensar que estaban locos, que si tuvieran los problemas que uno tiene no se reirían ni bailarían tanto, que al no ser responsables de nada se pueden permitir la alegría. Pero todas esas ideas pecarían de algo grave. Impiden verlos como lo que esencialmente son: dos seres humanos. Dos seres humanos que, más allá de las insondables y desconocidas peculiaridades de sus vidas, se encuentran, se reconocen y se festejan. El ser humano es el único animal que ríe y ellos ríen. Y no temen abrazarse ni palmotearse. Y, sin pensarlo ni proponérselo, por el simple hecho de hacer lo que sienten en el momento en que lo sienten (es decir, comunicarse su alegría y su afecto), viven un momento feliz y le cambian el humor a mucha gente. Mucha gente que los miraba extrañados sin que ellos, a su vez, miraran extrañados a esa gente, cuando quizás no les hubieran faltado razones para hacerlo.
Pensé en el pudor inexplicable que (por efecto de la cultura, la educación, los mandatos) cubre, opaca, atenúa o ahoga a nuestras emociones, a nuestras alegrías, a nuestras demostraciones hacia el otro, el prójimo, el que viene a nuestro encuentro. En cuántas sonrisas (no hablemos ya de francas carcajadas como las de este caso) nos escamoteamos mutuamente y, con ellas, cuántas posibilidades de mejorar nuestro día y mejorar el día del otro, así sea un desconocido al que no volveremos a ver después de habérnoslo cruzado.
A veces un embotellamiento puede encerrar una hermosa sorpresa. Y puede ocurrir a cualquier hora y en el lugar menos pensado. Claro que para eso siempre será necesario por lo menos dos personas dispuestas a la alegría del encuentro y muchas más abiertas a la posibilidad de recoger ese regalo sin prejuzgar a quienes nos lo ofrecen.
