Cinco humoristas nos hablan en serio del lugar que ocupa el humor en nuestra vida y de las cosas que en la actualidad son tomadas para causar gracia.
“El humor es una excelente manera de decir verdades”.
Mirta Wons, actriz, humorista y guionista. Protagoniza el espectáculo Yo y mi Singer.

“Tengo buen sentido del humor. Sé que puedo manejar la ironía y el humor negro, pero no siempre apelo a eso porque sé que puedo herir a alguien. Soy consciente de que el humor no puede usarse siempre y de que hay cosas que no causan gracia. Por ejemplo, el humor escatológico o el que se ríe de los defectos del otro no me gustan; me parecen una berretada. A mí me gustan Pepe Biondi, Niní Marshal… Me encanta el humor sobre personajes y situaciones.
Nunca me gustó esa cosa del humorista que le toca la cola a la vedette y se ríe. Eso no es hacer humor, es menospreciar a la mujer y, en definitiva, es estúpido.
Los programas de televisión de hoy buscan el efecto inmediato y es difícil competir contra ese humor ligado al sexo, porque es un humor que es barato, que es más efectivo y que no arriesga nada. Puede ser que haya cosas del programa de Marcelo Tinelli que sean divertidas, lo malo es que parece que eso es lo único. Creo que deberíamos nivelar para arriba y, por lo menos yo, extraño los viejos programas de humor más blanco, que a mí me gusta.
El año pasado, por ejemplo, trabajé en una radio de la Iglesia evangélica. Yo soy judía y en el programa también estaba Marcela Feudale, que es católica. Fue una experiencia genial, totalmente ecuménica. Aunque en la radio eran todos muy abiertos, nos pidieron que no usáramos malas palabras y que no hiciéramos chistes groseros. A mí eso me pareció muy bien porque me llevó a exprimir la cabeza para encontrar personajes nuevos, para no rematar con una mala palabra, para no hacer alusiones sexuales.
Las situaciones cotidianas, llevadas a otro plano, pueden ser graciosas, como cuando soñás con el príncipe azul, divino, alto, y siempre te tocan petisos. Es algo que te pasa, no lo buscás y, entonces, o te ponés a llorar o te reís de eso. La idea del espectáculo que estoy haciendo surgió a partir de que me gané un Home Theatre en el programa de Susana Giménez, pero lo canjeé por una máquina de coser que siempre había querido tener. Cuando estaba haciendo el curso para aprender a usarla, había una señora que hacía tiras de cocodrilo bordadas divinas. En ese momento la odié, me saltó como una furia y me di cuenta de que ese sentimiento de envidia era una ridiculez total que podía convertirse en un espectáculo. Creo que el humor es una excelente manera de decir verdades. La misma verdad dicha en tono de comedia nos llega de una manera diferente
Es cierto que el humor, en general, no se hace sobre la base de virtudes, pero no está bien reírse de una persona que puede sufrir por determinados aspectos de su vida. Yo estudié mucho, me formé con grandes profesores y siempre tuve claro que no quería actuar de gorda. Por eso, la única vez que me propusieron: “Vení que te pegamos un tortazo y te decimos gorda”, me negué porque no estudié tanto para que me vengan a decir “gorda, gorda”. No comulgo con ese tipo de humor, no me divierte y me parece un insulto. Entonces, les dije que buscaran una persona con baja autoestima que se bancara el hecho de ser gorda, de que se lo digan y se rían de ella en la cara. A esta altura de la vida, ¿quién se ríe de eso? A mí no me interesa hacer reír de esa manera. Aunque me costó muy caro decir que no, lo hice y no me arrepiento”.
“Las mujeres tenemos más capacidad para reírnos de nosotras mismas”.
Gabriela Acher, actriz y humorista uruguaya, autora y protagonista de El amor en los tiempos del colesterol y Algo sobre mi madre (todo sería demasiado).

“Me gusta el humor que es como un medio para decir de manera graciosa las cosas que pienso”.
“El humor afloja. Cuando hacés reír, podés lograr que lo que estás diciendo llegue mejor a quien lo escucha. A mí me gusta el humor que es como un medio para decir de manera graciosa las cosas que pienso. Por supuesto que hay formas de hacer reír más agresivas, más chabacanas, pero no me interesan.
Creo que el teatro de revista, por ejemplo, es una muestra clara de lo que es el humor del varón respecto del de la mujer, que no es justamente el humor que a mí me gusta. Otro ejemplo es la televisión, que cada vez miro menos. Entiendo que la gente consuma los programas que hay porque es lo que le dan, pero estoy segura de que si le ofrecieran una propuesta diferente, la gente la disfrutaría. De todas formas, para mí la televisión es como un ex marido: lo querés, pero ya no te excita.
En cambio, me parece que las mujeres estamos haciendo humor sobre los varones con un poco más de altura de la que tienen ellos hacia nosotras. El humor femenino es diferente del masculino porque los objetos de humor son distintos. Las mujeres somos de mirarnos más el ombligo, hablamos de todo lo que nos pasa en el plano emocional, de los vínculos, que es el tema que más no preocupa. En fin, tenemos más capacidad para reírnos de nosotras mismas y de nuestras dolencias. En cambio, los varones le tienen un enorme temor al ridículo y, por eso, a la hora de reír se vinculan más con un humor hacia afuera, se ríen del otro. En Estados Unidos hicieron una encuesta en la que les preguntaban a varones y mujeres qué era lo que más temían del otro sexo. Las mujeres contestaron que le tenían miedo a la violencia física, y los varones, a que se rieran de ellos.
A pesar que haya formas de hacer humor que me gusten más o menos, estoy convencida de que el pueblo argentino tiene un humor extraordinario y de que los argentinos son muy creativos. De cualquier cosa que sucede, a los dos minutos ya salieron stickers para los autos. Además, son el mejor público. Ya lo dijo Marlene Dietrich cuando estuvo aquí: “Los latinos son geniales; en Brasil te tiran flores y en la Argentina se tiran ellos””.
“La risa es una forma de distanciarse de la tragedia”.
Enrique Pinti, actor, humorista y autor de espectáculos del teatro y la televisión argentinos.

“El secreto del humorista (…) es actuar cosas ante las cuales el espectador pueda decir: “Sí, a mí me pasó…””.
“Las manifestaciones culturales no son ajenas a lo que pasa en un país y, por eso, siempre se producen obras que son el espejo de lo que ocurre, ya sea en momentos buenos o malos. De las peores crisis han salido los mejores productos; si no, pensemos en el período del cine italiano de posguerra. Los argentinos, por ejemplo, nos reímos de nuestras desgracias porque no nos queda otra y porque la risa es una forma de distanciarse de la tragedia.
También los momentos terribles de la vida generan humor negro, que lindan con lo grotesco, con lo tragicómico. Es como lo que pasa en los velorios, donde se cuentan los mejores chistes, y no es porque no queramos al difunto, sino porque el humor sirve para aliviar la tensión.
Hay recursos clásicos que van hacia lo elemental del ser humano y, por eso, incluso en distintas culturas, todavía nos seguimos riendo de las piruetas de Charles Chaplin o de las obras de Molière.
Además, existen otras formas de hacer humor que están más atadas a la actualidad. Yo describo situaciones de gobiernos y de funcionarios que ya no están, pero lo que se mantiene es la base de esas situaciones: la mentira del poder, la corrupción… Si a mis monólogos de otras épocas les cambio los nombres y los digo ahora, es más o menos la misma historia. Con Tato Bores pasa lo mismo; en sus monólogos hay un montón de nombres que las nuevas generaciones no reconocen, pero las situaciones son las mismas.
Todas lo trágico que vivimos como país –la pobreza, la corrupción, el empobrecimiento de la educación– se puede contar en clave tragicómica, y la gente se puede identificar porque forma parte de su realidad también. El secreto del humorista, del actor cómico o de un comediante es actuar cosas ante las cuales el espectador pueda decir: “Sí, a mí me pasó, o le pasó a un vecino o a un hermano”. Hay humores más abstractos que parten de gestos y, si son geniales, conseguirán la risa o el aplauso, pero la mejor comunicación se da mediante la identificación.
Las mujeres han sido muy relegadas durante años. Para las sociedades retrógradas y machistas, el humor no queda bien en una mujer porque la mujer tiene que ser recatada, y si hace humor, debe ser muy bobo. Aquí hubo excepciones, como Niní Marshal, que fue una humorista brillante y eterna que creó sus propios personajes y pudo desarrollarse en una sociedad machista. Después hubo actrices cómicas, como Olinda Bozán, Leonor Rinaldi o Pepita Muñoz, pero todas tenían elementos en común: aparentaban más edad de la que tenían, eran gordas y respondían a un estereotipo. Ellas representaban a la suegra, a la tana, a la judía, a la gallega. Había muchas mujeres que hacían reír a la gente desde su lugar de suegras, de solteronas, de tías locas. Siempre hubo una gran tradición de mujeres humoristas.
Después aparecieron Gabriela Acher, Nelly Láinez, Cecilia Rosetto, Carmen Barbieri. Creo que tenemos una gran cosecha de mujeres que hacen humor, y muy bien, y que son aceptadas por el público.
Pero también es cierto que muchas veces el humor coloca a la mujer en un lugar denigrante y eso es tan espantoso como denigrar a cualquier otra persona. Sin embargo, si las mujeres saben actuar, pueden devolver la pelota”.
“Puede ser una manera de expiar el dolor”.
Juan Martín Loiseau (TUTE) es humorista gráfico y publica sus trabajos en el diario La Nación.

“Ahora el humorista gráfico puede permitirse otras cosas; no necesariamente debe ser gracioso”.
“No creo que haya un humor para el varón y otro para la mujer. Lo que sí veo en las formas de hacer humor y en los gustos es que existe una sensibilidad femenina que está más a flor de piel; que la mujer se permite más expresar lo que le pasa a través de lo que elige para ver o para leer, y al varón, por ahí, le pasan las mismas cosas pero no las manifiesta.
Yo me comunico bastante con los lectores por mail y me ocurre que los varones escriben sólo cuando los protagonistas de las tiras son masculinos. En cambio, las mujeres escriben siempre, sin importar si el personaje es varón o mujer, y me cuentan todo lo que les genera lo que se dice en la tira.
Creo que hay un cambio paulatino respecto de las posibilidades que te da el humor. Cada vez más gente se permite tomarse licencias que antes no se tomaba. Ahora, el humorista gráfico puede permitirse otras cosas; no necesariamente tiene que ser gracioso.
La generación de mi viejo nos enseñó que el humor no sólo mueve a la risa, sino que también puede mover a otras cosas: al pensamiento, a la reflexión… La poesía es una parte importante de mi trabajo, me atrae muchísimo por el impacto, por el goce estético y por la síntesis; tiene mucho en común con el humor gráfico, ya que ambos utilizan la metáfora.
En momentos difíciles, el humor puede ser salvador, puede ser un momento de conexión con el placer y hasta una manera de expiar el dolor”.
