Imagen creada con IA.

Una sala de guardia. Traumatología en ese hospital, está separada del resto de las especialidades que alguien pudiera necesitar. En cuanto llegás, te reciben en el triage y, si la dolencia por la que se concurrió tiene que ver con algo respiratorio, te derivan a un sector, si es una cuestión clínica, vas a la guardia general y si el tema tiene que ver con huesos, articulaciones o músculos, te pasan a traumatología. Además, te asignan un código indicado con un color: código verde, significa urgencia menor, código amarillo, urgencia, código naranja se trata de una emergencia; existen dos colores más, los extremos: el azul que quiere decir que no hay urgencia y el código rojo que implica resucitación.

El espacio, por lo menos en el hospital sobre el que estoy contando, es muy cerca de la calle y, pensándolo bien, siempre las guardias son lugares casi intermedios; si uno va a un hospital a operarse, o a hacerse un electrocardiograma o a sacarse sangre, está decididamente, definitivamente dentro del hospital. La guardia es otra cosa, es un espacio como entre paréntesis, como un aeropuerto, no estás ni aquí ni allá. Puede ser que te receten un antibiótico y te manden a tu casa o puede ser que te hagan hacer radiografías, o te pasen a terapia intensiva sin escalas. Como es un lugar al que se llega por algo que ocurrió inesperadamente, la actitud del paciente es casi de entrega: – “Aquí estoy, traigo mi cuerpo para que me lo recompongan, lo entrego porque yo no sé qué hacer con lo que me pasa, con lo que le ocurre a mi cuerpo”. La zona de “traumato”, así abreviado, como te dicen cuando te indican hacia dónde dirigirte, presenta una mezcla de edades, orígenes de las consultas, diferentes grados de vitalidad. Llega un muchacho de menos de veinte años,  avanza sostenido por dos personas, probablemente sus padres,  no puede apoyar el pie, trae una pierna flexionada y el tobillo hinchadísimo, pantalón corto, remera de colores brillantes, piel bronceada, ojos ávidos y algo temerosos. Se cayó jugando al fútbol en una cancha de papi, cuentan; el padre lo tranquiliza, le dice que seguramente le ponen una bota unos días, que seguro pasa rápido. No es el único esperando, unos minutos antes había llegado una mujer grande, caminando con bastón con la compañía de una cuidadora, al entrar le ofrecieron una silla de ruedas, la aceptó, tiene un brazo sostenido con un pañuelo, un modo casero para inmovilizar y sostener al mismo tiempo; se le ve la piel bastante seca, con algunas manchas, casi moretones pero se nota que no son golpes, son producto de la edad. Un camillero avanza por el pasillo mientras pide permiso y dice cuidado, no quiere pisar a nadie con las rueditas de la camilla que hacen un ruido bárbaro rozando contra el piso. Lleva a un hombre de edad mediana, está acostado pero intenta levantar la cabeza, los hombros, la sábana con la que lo taparon es un poco angosta y deja expuestos los pies descalzos y una de las rodillas de una manera que – se adivina- él siente casi impúdica. Va incómodo, no quiere pisar a nadie con su camilla, va ofreciendo una disculpa muda a las personas sentadas en el borde del pasillo que oficia, también, de sala de espera. Pero él no tiene el control, él, mientras está ahí arriba, es algo, un objeto trasladado por los recovecos de una institución que se dedica a la salud de las personas. Quizá sea algo menor, quizá en pocas horas vuelva a su casa otra vez dueño de su propio cuerpo.

Pasan los minutos, largos, en algún momento se hicieron horas. El chico del tobillo sale con un yeso blanquísimo, intentando maniobrar unas muletas, con cara de fastidio él y sus padres con un gesto que mezcla cierta molestia por la incomodidad y alivio, no fue nada grave, no necesita operarse, comentaron. La señora sale con la cara serena y un cabestrillo puesto, la cuidadora había salido y entró luego con una bolsa, seguramente fue a la ortopedia a buscar ese soporte. El hombre de la camilla no volvió a aparecer hasta el momento.

De repente todo se revolucionó, ingresó alguien, código naranja, quizá sea una fractura expuesta.