Hay frases que usamos todos los días sin detenernos a pensar cuánto tienen de corporal: “tengo un nudo en la garganta”, “se me cerró el pecho”, “tengo la espalda destruida”, “esto me cayó mal”. No son diagnósticos médicos. Pero tampoco son expresiones completamente desconectadas de nuestra fisiología.

Cuando una persona atraviesa una situación de amenaza o estrés, el organismo modifica su funcionamiento. Cambian la respiración, la frecuencia cardíaca, el nivel de activación del sistema nervioso y la tensión muscular. Al mismo tiempo, el cerebro recibe información constante desde el interior del cuerpo. Ese proceso se conoce como interocepción: la capacidad de detectar e interpretar señales fisiológicas internas.

Por eso, decir que “el cuerpo habla” puede ser una metáfora válida si se entiende con precisión. El cuerpo no almacena una emoción como si fuera un archivo dentro de un músculo. Lo que sí puede ocurrir es que una experiencia emocional sostenida modifique patrones de activación, atención corporal, respiración, movimiento, sueño y percepción del dolor.

Cuando el estrés modifica la forma de movernos

El sistema musculoesquelético tampoco funciona de manera aislada. Ante situaciones de estrés, algunas personas aumentan la tensión de determinadas zonas, cambian su respiración o permanecen durante horas en posiciones rígidas. Si además existe poco movimiento cotidiano, las cargas mecánicas se mantienen durante períodos prolongados.

La biomecánica estudia precisamente cómo interactúan fuerzas, articulaciones, músculos y movimiento. Un ejemplo cotidiano es permanecer sentado durante mucho tiempo. Una revisión sistemática de estudios con medición objetiva del tiempo sentado encontró que la exposición prolongada a la sedestación se asociaba con un aumento inmediato del dolor lumbar, aunque los autores advierten que esa evidencia no permite afirmar que sentarse durante mucho tiempo provoque por sí mismo episodios clínicos de lumbalgia.

La diferencia es importante: no existe una postura perfecta que explique por sí sola todo dolor. El cuerpo es un sistema dinámico. Importan la carga, la capacidad muscular, la recuperación, el sueño, la actividad física, el contexto psicosocial y la historia individual.

Argentina: un cuerpo que se mueve poco

Los datos disponibles para Argentina muestran un escenario que ayuda a comprender el problema. La 4.ª Encuesta Nacional de Factores de Riesgo (ENFR), realizada por el Ministerio de Salud junto con INDEC, relevó a más de 29.000 personas y estudió, entre otros factores, actividad física, alimentación, consumo de tabaco y condiciones relacionadas con enfermedades no transmisibles.

En esa encuesta, el 64,9% de la población adulta presentó un nivel bajo de actividad física. El indicador había sido de 54,9% en 2009 y 54,7% en 2013. Entre quienes tenían actividad física baja, la principal barrera declarada fue la falta de tiempo, con 40,3%. Le siguieron razones de salud, con 24,4%, y falta de voluntad, con 14,5%.

El dato permite cambiar una pregunta habitual. En lugar de preguntarnos solamente “¿por qué no hago ejercicio?”, podemos preguntarnos: ¿qué lugar ocupa el movimiento dentro de mi vida cotidiana?

Porque moverse no significa necesariamente entrenar una hora en un gimnasio. Caminar, subir escaleras, cambiar de posición, movilizar las articulaciones, jugar, bailar o practicar una disciplina corporal también forman parte de la actividad física. La Organización Mundial de la Salud recomienda para los adultos entre 150 y 300 minutos semanales de actividad aeróbica moderada, o su equivalente de actividad vigorosa, además de ejercicios de fortalecimiento muscular al menos dos días por semana. También recomienda reducir el tiempo sedentario y reemplazarlo por movimiento de cualquier intensidad.

El cuerpo también participa en nuestras emociones

La relación funciona en ambas direcciones. El cerebro interpreta información proveniente del corazón, la respiración, el aparato digestivo y otros sistemas. La investigación contemporánea sobre interocepción describe un circuito de comunicación permanente entre cuerpo y cerebro que participa en la experiencia emocional.

Una revisión integrativa encontró que las investigaciones sobre emociones corporizadas han estudiado especialmente las señales cardíacas, respiratorias y gastrointestinales. También encontró que pecho, garganta y cabeza aparecen con frecuencia como zonas donde las personas describen sensaciones asociadas a estados emocionales.

Eso explica por qué dos personas pueden atravesar una situación similar y sentirla corporalmente de maneras diferentes. Una puede apretar la mandíbula. Otra puede contener la respiración. Otra puede sentir presión en el pecho. Otra puede experimentar molestias digestivas. No existe un mapa universal de las emociones en el cuerpo.

Y esta precisión es fundamental para no convertir el bienestar en una nueva forma de culpabilización: tener dolor no significa necesariamente que una persona tenga “emociones bloqueadas”. El dolor es multifactorial y requiere una evaluación adecuada cuando persiste, aumenta o limita la vida cotidiana.

También ocurre en el deporte

El cuerpo de una persona deportista tampoco está separado de su contexto emocional. En atletas competitivos existe evidencia preliminar de que distintos factores psicosociales pueden relacionarse con el riesgo de lesiones por sobreuso. Una revisión sistemática que analizó 14 estudios y 1.061 atletas identificó factores intrapersonales, interpersonales y socioculturales, aunque los propios autores señalan que la certeza de la evidencia todavía es limitada.

Otra revisión sistemática y metaanálisis publicada encontró una asociación pequeña pero estadísticamente significativa entre antecedentes de estrés y lesiones deportivas, con un tamaño de efecto global de r = 0,12.

La conclusión no es que “el estrés provoca lesiones”. La relación es bastante más compleja. Carga de entrenamiento, recuperación, sueño, nutrición, técnica, fuerza, historial de lesiones, volumen de trabajo y factores psicosociales interactúan entre sí. El deportista también tiene un sistema nervioso.

¿Y qué puede hacer el yoga?

Aquí aparece una posibilidad interesante: utilizar el movimiento como una herramienta de percepción, no solamente de rendimiento. Una práctica de yoga puede combinar movilidad articular, control motor, fuerza, respiración, equilibrio y atención a las sensaciones internas.

La evidencia sobre yoga y problemas musculoesqueléticos muestra resultados potencialmente beneficiosos para algunas condiciones, pero los estudios presentan intervenciones muy diferentes entre sí y no permiten atribuir todos sus efectos a una única técnica o postura.

Por eso, una práctica responsable no debería prometer que una postura “libera un trauma” o que determinada zona corporal contiene una emoción específica. Puede hacer algo más concreto: ayudarnos a notar cómo estamos respirando, dónde estamos tensando, cómo distribuimos el peso y qué movimientos podemos recuperar. Ese cambio de percepción ya modifica la relación con el propio cuerpo.

El cuerpo como territorio

Quizás el concepto de territorio sirva justamente para eso. Un territorio se recorre. Tiene límites. Tiene zonas conocidas y otras que evitamos. Cambia con el tiempo. El cuerpo también.

A veces dejamos de mover un hombro porque duele. Dejamos de respirar profundamente porque estamos acelerados. Dejamos de registrar las piernas porque pasamos ocho horas sentados. Apretamos la mandíbula sin darnos cuenta. Elevamos los hombros frente a la pantalla. Corremos más de lo que recuperamos.

Y un día aparece una pregunta sencilla: ¿hace cuánto no escucho realmente lo que está pasando en mi cuerpo?

No se trata de interpretar cada dolor como una emoción escondida. Se trata de recuperar una capacidad que la vida acelerada puede erosionar: sentir antes de exigir, observar antes de corregir y mover antes de quedarse completamente quietos.

Porque algunas cosas que callamos no necesariamente quedan “guardadas” en el cuerpo. Pero nuestra historia sí puede influir en cómo respiramos, cómo nos movemos, cómo dormimos, cuánto nos tensamos y cómo percibimos el dolor.

Y ese territorio merece ser escuchado.