Otro relato de autor local se suma a los ya divulgados en Cultura de El Sol, para no perder las buenas costumbres. En cada entrega, el deseo es propiciar un encuentro de lectores y escritores para celebrar la lectura, la fantasía y la transmisión cultural que fortalece los vínculos con el entorno que habitamos y nos habita.
Estos cuentos mendocinos crecen con la difusión, viajan y se multiplican con el amistad de los lectores que los visitan. Mendoza es tierra de buena literatura. Sobra el talento, hay historias cautivantes esperando llegar cada vez a más destinatarios.
Este cuento de Alejandro Frias pone en discusión, con su sorprendente desenlace, los estatutos de la cordura y la locura. En simultáneo, nos lleva, con ternura, a reflexionar sobre la alternancia entre los planos de la realidad y la fantasía, y sobre la existencia de dimensiones paralelas que habilitarían el fenómeno de la bilocación.
“La demencia del abuelo” forma parte del libro “El gol con la mano del Chueco Martino (y otras historias apasionadas)” (LEO Libros, 2023).
Sobre el autor

Alejandro Frias nació en Mendoza en 1969. Es escritor, periodista y editor independiente. Ha publicado “Serie B” (cuentos, 2004), “Todos los chicos” (cuentos, 2007), “Los Mataperros” (novela, 2015), “Habitación 945” (cuentos, 2019), “Barro de domingo” (en coautoría con Daniel Fermani, novela, 2020) y “El gol con la mano del Chueco Martino (y otras historias apasionadas)” (cuentos, 2023). Se desempeñó como periodista en medios gráficos y radiales. Codirigió las revistas literarias y artísticas Gogol, Res, Serendipia y Poslodocosmo. Entre el 2015 y el 2019 estuvo a cargo de Ediciones Culturales Mendoza. Como periodista cultural, trabajó en los diarios El Sol y MDZ Online, y en radio condujo el programa Pie de Página (Estación Mendoza). Actualmente, conduce el programa La Isla Encendida (Radio Noticas Mendoza) y trabaja como editor en LEO Libros.
La demencia del abuelo
El otoño ya estaba adentrado, era mayo, uno de los primeros días de mayo, y por suerte en este lado del mundo contamos, incluso en pleno invierno, con cálidos días de sol, que no son como para andar de remera manga corta pero sí para un pulóver livianito, una campera como mucho.
Fue hace cuatro años, un sábado, para ser más específicos, cuando mi abuelo tomó una silla y encaró para la puerta de calle. Mi viejo fue quien lo vio, porque era la siesta y yo estaba echado en mi cama tratando de dormir, mi hermana había salido y mi vieja se había sentado debajo del árbol del patio a leer.
Mi viejo le preguntó a mi abuelo adónde iba y él le dijo con total soltura que se iba a sentar en la vereda a ver pasar a los muchachos.
Ya nos habíamos acostumbrado a esas cosas raras con las que mi abuelo nos sorprendía. La demencia senil había comenzado a manifestarse paulatinamente hacía un tiempo y de a poco lo fue apartando de nuestro mundo. El problema era que a nivel físico estaba muy bien, así que con frecuencia nos daba grandes sustos, como cuando lo descubrimos subido a una rama del árbol del fondo tratando de cosechar manzanas, aunque se trate de una mora híbrida que ni siquiera dé moras.
Ese día lo tuvimos que bajar entre los cuatro.
En otra oportunidad, metió algo de ropa en una maleta y salió diciendo que tenía que tomar un colectivo a San Rafael. Mi papá, a quien confundió en ese momento con un amigo suyo, lo acompañó caminando varias cuadras, yendo hacia adonde mi abuelo quería ir, hasta que, de un momento para otro, reconoció a mi viejo y le preguntó adónde iban. A la casa, le respondió, y tomaron un taxi de regreso.
Eso era lo mejor que podíamos hacer, dejarlo que siguiera en su fantasía y acompañarlo para evitar que se lastimara. Por eso, esa siesta de mayo, mi papá lo acompañó hasta la vereda, acomodó la silla y lo dejó ahí sentado, bajo el sol.
Por supuesto, nos fuimos turnando para vigilarlo. Mientras estuviera ahí sentado no había problema, pero si de repente se paraba y comenzaba a caminar, no podíamos dejarlo solo.
Como a las dos horas, mi abuelo se puso de pie, tomó la silla y entró a la casa, llevó la silla a su lugar y después fue a la cocina preguntando si podía comer algo, porque tanta velocidad le había dado hambre.
Qué velocidad, le preguntó mi viejo mientras le daba unas galletitas dulces y un poco de yogur de frutilla, que le encantaba a mi abuelo. La de los muchachos pedaleando, ¿no los viste?, preguntó con unas migas escapándosele de la boca. Por suerte, la mami me avisó, agregó mi abuelo, si no, me los perdía. Qué bueno que pudiste verlos, le respondió mi papá con total naturalidad, como le respondíamos siempre al abuelo, tratando de que no se incomodara o, peor, que se pusiera mal si de repente descubría que había estado extraviado en su demencia.
Ese episodio, como tantos otros, no fue más allá y pasó a formar parte del anecdotario del abuelo y sus delirios, que se incrementaron en el último año. La demencia lo fue consumiendo y su cuerpo, ya cansado también, comenzó a rendirse, hasta que por fin, hace unos meses, el abuelo murió.
En familia se decidió cremar al abuelo y arrojar las cenizas un poco en Rivadavia, donde tuvo la finca, otro tanto en Cacheuta, el lugar que eligió para vivir de grande, cosa que no pudo ser por su demencia, lo que obligó a traerlo a nuestra casa, y otro poco en Sestola, el pueblo en el que había nacido y vivido hasta los seis años, cuando la guerra y el hambre expulsó a su familia para América.
Por distintos motivos, se decidió que fuera yo quien viajara a llevar las cenizas del abuelo, y por una cuestión de precios de los pasajes, lo hice en el verano nuestro, el invierno en Europa. Estuve unos días en Roma y luego tomé un colectivo a Sestola, donde conocí a gente anciana que aún recordaban a mi bisabuela y su prole. Pregunté si todavía estaba en pie la casa en la que había nacido mi abuelo y me dijeron que sí, que ahora vivía allí una familia del sur, y me indicaron cómo llegar.
La casa se notaba antigua y dudé en llamar a la puerta, pero en un momento esta se abrió y salió una mujer que me preguntó si era el bisnieto de la señora Ricci. Como en cualquier pueblo chico, la noticia de mi presencia había volado.
La mujer me invitó a pasar y arrojamos las cenizas en el fondo de la casa, bajo un añoso manzano. Después me invitó a tomar un té, y en la charla surgió el tema del Giro d’Italia, en el que había una etapa en la que a veces los competidores pasaban por la puerta de la casa.
Me ahogué con el té que tenía en ese momento en la boca. Cuando me recuperé, le pregunté cuándo habían pasado por última vez por allí, y sencillamente me dijo que hacía menos de un año, a principios de mayo, en una hermosa tarde de primavera, y que lo recordaba muy bien porque nunca se enteró de dónde venía ni quién era el viejito que esa tarde estuvo todo el tiempo sentado en la puerta de su casa mirando pasar a los competidores y que después tomó su silla y, así como había llegado, se fue. Y nunca más lo volvió a ver.
