Foto: Gemini

Ir a un aeropuerto siempre es un lindo plan. Hace muchos años hasta era un paseo en sí mismo “vamos a ver a los aviones” y, sin tener que viajar ni recibir a nadie, se llevaba a los chicos para que vieran los aviones más de cerca, en lugar de contentarse sólo con saludarlos con la mano cuando pasaban por el cielo del patio de casa. Los aeropuertos huelen rico, generalmente están bien decorados, el de Ezeiza, por ejemplo, tiene una especie de bola color dorada – el sol de la bandera argentina- que realizó nuestro ilustre mendocino Julio Le Parc y que obliga a mirar hacia arriba y maravillarse. Hay quienes dicen que un aeropuerto es el “no lugar”, porque es un espacio de tránsito, se está yendo o se está volviendo, no es un destino en sí mismo. Más allá de lo que cada quien sienta o piense, si alguna vez pasamos un rato en el sector “arribos” se puede armar una linda colección de anécdotas.

Una chica que hablaba un idioma desconocido para mí, sonaba algo oriental, llega con el carro con muchas valijas, un muchacho pasa por debajo de las cintas, teóricamente no se puede pasar hasta allí, pero pasa a ayudarla, la fue a recibir. Él toma el carro pesado y lo lleva pero  no se miran, hablan pero no se abrazan, tampoco se besan aunque él haya  ido hasta allá a buscarla, sólo caminan hablando poco.

Otro grupo, una familia, hay chicos de unos diez o doce años, una abuela, una madre, varios hermanos o primos, todos son muy altos, llevan un cartel de esos que se inflan, color rojo metalizado que dice Bienvenido. De pronto, junto a un grupo grande de pasajeros aparece -en esa especie de pasarela que se arma desde la zona donde se retira el equipaje- un chico de unos dieciséis años, muy alto también. Todo el grupo empieza a cantar “¡dale campeón, dale campeón!”, y quienes no formamos parte de esa familia, también cantamos un poquito. Atrás viene un hombre de cuarenta y pico, altísimo, y el canto sigue “¡padre del campeón, padre del campeón!”.

Pasa otro rato. Varias personas, muchas de ellas con la camiseta de Vélez, se ríen, hacen chistes. Todos tienen caretas de un hombre y una mujer grandes, máscaras del estilo a las que se hicieron en la despedida de Messi. Además llevan carteles con la foto de los que están por llegar, que llevan la leyenda “Buscado” “Buscada”. Muchas bromas, mientras aguardan la llegada desde España del matrimonio, que no había viajado nunca a un lugar tan lejos.

Más gente. Una bebé con su mamá sostienen un cartel “TÍA RO”, así, en mayúsculas, con un globo dorado de estrella.

En un Mc Donald, un muchacho carga su teléfono mientras come una hamburguesa, tiene apoyada en el borde de la valijita carry-on,  una mochila con apliques de banderas: Perú, Uruguay, Colombia, Brasil, Paraguay…y unas Islas Malvinas al lado un parche que dice “Nunca más” junto a la celeste y blanca. Cuenta sin hablar, muestra sus gustos, las cosas que valora y hasta los sitios que visitó. Deseo de comunicarse.

¿Es un “no lugar” un espacio donde sucede todo eso? Más allá de los pisos brillantes, los aromas que se mezclan en el aire: perfumes probados en el free shop, café…todo lo que se ve allí es profundamente humano. Y eso que estuve en Arribos, ¿qué anécdotas habría traído si hubiese estado en el sector Partidas? La próxima vez que tenga que ir a un aeropuerto, me voy a dar una vuelta por ahí, a ver qué historias puedo recolectar. Además, siempre es lindo ir a ver a los aviones, aunque ya no los saludemos con la mano cuando pasan por el cielo del patio o del balcón de casa.