Alfredo Cornejo junto a Rolando Figueroa y Alberto Weretilneck. Credit: Gobierno de Mendoza

Hay un notable y visible reacomodamiento de las fuerzas políticas y de sus líderes o máximos exponentes. Todo pareciera ocurrir como preparativo para lo que será el verdadero examen electoral general de 2027. La elección todavía está lejos, pero el movimiento ya comenzó y, como suele suceder, cada uno empieza a buscar el lugar desde donde cree que tendrá mejores posibilidades de llegar.

Javier Milei movió piezas importantes desde la Presidencia, marcando agenda y obligando a los protagonistas de la actualidad a manifestarse, tomar posición o, al menos, explicar qué piensan. Ante Malvinas, más allá de quienes apuesten a que se trata de una discusión de rápida disolución, efímera y volátil —algo que todavía habrá que comprobar—, nadie pudo mantenerse ajeno.

Y allí aparece una primera cuestión interesante: Milei, ese economista al que durante tanto tiempo se le adjudicó no saber de política, o directamente no tener interés en ella, ha demostrado contar con herramientas a disposición para utilizarlas cuando lo considera necesario o cuando alguna circunstancia lo amerita. Incluso frente a determinadas flaquezas de su plan económico y al grado de disgusto que empieza a provocar en una parte importante del electorado.

En ese contexto de posicionamientos, reacomodamientos y movimientos en busca de visibilidad, habrá que observar con detenimiento lo que viene haciendo Alfredo Cornejo en los escenarios nacionales a los que ha sido convocado durante los últimos días. No es el único gobernador que empieza a moverse. También lo hacen otros, cada uno dentro de los márgenes que les permite el nuevo escenario.

El punto pareciera estar en la distancia respecto del poder que irradia Milei y de todo aquello que se genera a su alrededor.

El ritmo de una Presidencia, como suele suceder, termina condicionando los movimientos tanto de sus adversarios como de sus aliados, de quienes aspiran a convertirse en socios y de aquellos que, sin romper con el rumbo, comienzan a preguntarse cuánto les conviene quedar demasiado cerca.

Se puede especular que la disputa que viene tendrá como centro la capacidad de atrapar el gusto y las preferencias de la ciudadanía con una propuesta que sea, al mismo tiempo, atractiva y creíble.

Entre seis y siete de cada diez ciudadanos, según distintas mediciones, manifiestan algún grado de disgusto con la marcha de las cosas. Y si ese malestar expresa también un distanciamiento respecto de Milei y de un programa económico que, para muchos, se ha convertido en la venta de esperanzas a un costo demasiado alto del que se pueda soportar, todo a cambio de transitar un camino de dolores y angustias no imaginadas, parece lógico pensar que cualquier diferencia planteada frente al oficialismo, cualquier mensaje que se ubique en la vereda opuesta o que plantee la existencia de otros caminos, podría transformarse rápidamente en dividendos electorales.

Sin embargo, una advertencia para quienes adhieren al modelo con modificaciones: el espacio de las diferencias tiene dueño. O, al menos, tiene un propietario que hasta ahora no ha conseguido demostrar que pueda volver a ocuparlo: se trata de lo que fue derrotado por el libertario en las elecciones generales de 2023.

Porque así como existe un malestar creciente y un abandono del notable apoyo que Milei supo conservar durante buena parte de sus primeros meses de gobierno, las mismas encuestas no identifican, ni siquiera vislumbran con claridad, a un sector o a varios sectores capaces de beneficiarse de ese fastidio.

Tampoco parece serlo hoy el kirchnerismo, ni todo aquello que emane o florezca de él, en la Nación o en la provincia. O, al menos, con lo que históricamente demostró tener y con lo que dice contar para aspirar a una vuelta al poder, pareciera no alcanzarle.

La llegada de Milei también modificó las condiciones de elegibilidad. Ser diferente, al menos hoy, no alcanza. Se requiere un planteo distinto, opuesto si se quiere, capaz de demostrar que no se trata de lo mismo. Pero, por sobre todas las cosas, algo que otorgue la suficiente confianza y garantía de que, si hay algo nuevo para reemplazar lo que se tiene, no se trata simplemente de una vuelta atrás.

Ese parece ser uno de los dilemas centrales de la política argentina que empieza a prepararse para 2027. Mantener una buena parte de lo conseguido por el actual gobierno como un bien durable que debería ser sostenido por quien suceda a Milei, sin ser Milei y sin representarlo, no aparece precisamente en la naturaleza del kirchnerismo, que es quien domina la vida interna del peronismo, el principal movimiento, frente y espacio político opositor al oficialismo.

Posiblemente esté allí una de las mayores dificultades para quienes imaginan que el desgaste del Gobierno necesariamente terminará beneficiándolos. El desencanto con una administración no supone automáticamente la recuperación del adversario que la precedió.

Más aún cuando buena parte de la sociedad parece dispuesta a conservar algunos de los cambios producidos, aun cuando cuestione los métodos, los costos o los resultados obtenidos hasta ahora.

Milei, por otra parte, mantiene la rigidez con la que gobierna. Dice que no modificará el rumbo y, particularmente, que no habrá correcciones sustanciales en su plan de ajuste y en el combate decidido contra la inflación, con la supremacía del mercado y una intervención estatal reducida a su mínima expresión.

Pero en los bordes del programa comienzan a verse apoyos e impulsos a medidas destinadas a favorecer la reactivación y, eventualmente, a desalentar parte del disgusto social: los recientes anuncios de los créditos hipotecarios, del financiamiento para la compra de vehículos y otras herramientas destinadas a movilizar una economía que muestra una actividad deslucida y visos de fuerte declive en algunos sectores, son el ejemplo. La no intervención, entonces, es relativa.

No hay compromiso de recursos fiscales, pero sí un aval a los estímulos que provienen de un sector, el financiero, al que ahora se le pide que opere, más o menos, en línea con todo aquello de lo que se ha beneficiado durante años. Con este plan en marcha, y ni hablar durante los modelos anteriores, incluido el kirchnerismo y también el de Mauricio Macri.

De acuerdo con las nuevas condiciones impuestas por el tiempo del libertario, no son pocos los que entienden que para sobrevivir políticamente deben ser amables con el rumbo, pero al mismo tiempo suficientemente flexibles y pragmáticos como para reclamar o impulsar intervenciones que, dentro del modelo mileísta, podrían ser calificadas como movidas populistas.

Los gobernadores aliados a Milei han comenzado a transitar ese sendero de varias tonalidades. Quizás lo hayan hecho antes. Pero ahora, cuando llega el momento de mostrarse y de construir visibilidad nacional, lo que hacen se ve con mayor claridad.
Uno de ellos es Alfredo Cornejo desde Mendoza. La intervención del Estado provincial con recursos propios para poner en marcha la recuperación de infraestructura vial, particularmente en rutas nacionales como la 143, la 7 y la 40 en territorio mendocino; la fuerte inversión pública proveniente del Fondo de Resarcimiento; la decisión de involucrar al propio Estado en el drama de los deudores y morosos mendocinos que padecen las altas tasas de interés anunciando rebajas de impuestos en las nuevas refinanciaciones y una oposición ahora más explícita a la suspensión o eliminación de las PASO nacionales que impulsa Milei, marcan una forma particular de acompañar el rumbo.

Un acompañamiento condicionado a cambios, correcciones y decisiones que, no solamente Cornejo, sino también otros dirigentes, empiezan a considerar necesarias para evitar fugas en el apoyo que alguna vez recibió el modelo.

Nadie sabe a ciencia cierta cómo reaccionará la sociedad frente a estos reacomodamientos que ya pueden verse en la dirigencia. Lo que sí parece claro es que cada una de las expresiones políticas irá buscando su lugar. Uno más cómodo en algunos casos que el que han venido ocupando —allí podría enlistarse Cornejo— y en otros, quizás, bastante menos confortable.

La verdadera disputa será encontrar una manera de ser diferente sin que esa diferencia sea interpretada como una vuelta atrás.