Hay preguntas que nadie quiere responder mientras la música sigue sonando. Mario Pergolini se la hizo al Indio Solari la noche anterior a un recital en Tandil, en marzo de 2016.
– ¿Y si mañana es el último concierto?
El Indio respondió sin dramatismo.
– Bueno, festejemos.
No preguntó por qué. No habló de despedidas ni de finales. Simplemente propuso disfrutar el momento mientras todavía estaba ocurriendo.
Diez años después, esa conversación vuelve a aparecer inevitablemente frente a otra escena que puede ser histórica. Esta tarde, el señor Lionel Messi jugará una nueva final del mundo. Quizá la última. Quizá no. Con él aprendimos hace mucho que las certezas nunca duran demasiado.
En realidad, tampoco importa.
Porque la pregunta nunca fue cuándo se va Messi. La pregunta siempre fue si nosotros entendimos que estábamos viendo al mejor futbolista de todos los tiempos mientras todavía estaba jugando.
Hubo un tiempo en que discutir a Messi parecía casi un deporte nacional. Le reclamaban una personalidad que nunca quiso interpretar, una épica que no necesitaba construir y hasta una forma distinta de sentir la camiseta. Él respondió como responden los extraordinarios: jugando.
Perdió finales. Renunció. Volvió. Ganó la Copa América. Ganó la Finalissima. Ganó el Mundial. Ganó otra Copa América. Y después siguió jugando como si todavía tuviera algo pendiente.
Ahora tiene 39 años y volvió a desafiar cualquier lógica. Ocho goles, cuatro asistencias y otra final del mundo. No parece un futbolista que esté despidiéndose. Parece uno que todavía está escribiendo capítulos.
Tal vez por eso cuesta aceptar que algún día habrá un último partido.
Hace poco más de un mes falleció el Indio Solari. Entre las tantas historias que aparecieron después de su muerte hubo una que pasó casi como un susurro: había grabado un mensaje para Messi. Nunca llegó a enviárselo.
Le decía que había sido “un tesoro deportivo argentino”. Le agradecía tantos momentos felices. Y cerraba con una posdata que hoy suena distinta: “¿Qué tal si ganás un campeonato del mundo más? Estás para eso, viejo…”
El Indio no llegó a ver este Mundial. Tampoco supo si ese deseo podía cumplirse. Pero dejó grabada una confianza absoluta. La misma que Messi terminó conquistando después de atravesar años de exigencias, críticas y derrotas que habrían quebrado a casi cualquier otro futbolista.
También hay otra coincidencia que parece escrita por alguien demasiado obsesionado con los símbolos.
Si este realmente fuera el último partido de Messi en una Copa del Mundo, ocurriría frente a España. El país que pudo representar y nunca eligió. El lugar donde terminó de convertirse en el mejor jugador del planeta, pero desde donde jamás dejó de hablar como un rosarino más. Mientras algunos insistían con que vistiera la camiseta roja, él ya había tomado una decisión mucho antes. La única camiseta posible era la celeste y blanca.
Y hay una última ironía.
Diez años atrás, en este mismo estadio, salió llorando después de perder otra final y anunció una renuncia que parecía definitiva. Aquella noche sintió que le había fallado a un país entero.
Hoy vuelve al MetLife Stadium de Nueva York convertido en uno de esos futbolistas que ya dejaron de pertenecer a una generación para pasar a ser patrimonio de todos los argentinos. Ese lugar, durante mucho tiempo, pareció reservado únicamente para Diego Maradona. Hoy también lo habita Lionel Messi.
Hay historias que solo el tiempo sabe escribir. No sabemos si esta será la última función. Con Messi aprendimos que hacer pronósticos suele ser un error.
Este sábado posteó en las redes sociales que lo más importante nunca fueron solamente los títulos, sino el camino compartido con sus compañeros. Tal vez esa frase también sirva para nosotros. Porque el legado de Messi no empezó cuando levantó una copa ni terminará cuando decida dejar la Selección. El privilegio fue haber estado ahí para verlo.
Volvamos entonces a aquella charla de Tandil.
– ¿Y si mañana es el último concierto?
– Bueno, festejemos.
Pergolini insistió.
– ¿Qué sea?
– Sí, sí.
– ¿Será?
El Indio sonrió.
– No, no… vas a ver mañana.
Ojalá el Indio también tenga razón esta vez. Ojalá mañana descubramos que todavía no era el último concierto. Que dentro de cuatro años vuelva a sorprendernos y aparezca otra vez con la camiseta número 10, dispuesto a desafiar al tiempo una vez más. Después de todo, la lógica casi nunca alcanza para explicar a Messi.
Pero si esta tarde realmente baja el telón de sus Mundiales, que no nos encuentre buscando señales de despedida. Que nos encuentre haciendo lo único que correspondía hacer desde hace casi veinte años. Disfrutarlo.
Y, si de verdad llegó el final, aplaudir de pie. Porque, al fin y al cabo, hubo un privilegio que nadie podrá quitarnos. Haber vivido en el mismo tiempo que el señor Lionel Messi.
