Un episodio político menor para los temas de interés del grueso de la ciudadanía ha marcado, en las últimas horas, el camino elegido por el gobernador Alfredo Cornejo. No sólo para ubicarse, en términos personalísimos, en el nuevo mapa de poder que inauguró el ascenso de Javier Milei a fines de 2023 y que fue ratificado en las elecciones de octubre pasado, sino también para definir el posicionamiento de la provincia en su conjunto, apostando todo —desde la conducción institucional— al acierto de las profundas medidas reformistas del gobierno libertario, detrás de la derrota de la inflación y del ansiado crecimiento y desarrollo por la vía de la normalización económica.
Lo de Cornejo no parece haber sido únicamente una decisión de oportunismo político estratégico, consistente en colocarse detrás –y aprovecharse de ella– de la estela que marca Milei y sus decisiones, en un contexto de sordas disputas regionales y sectoriales por el uso y manejo del poder en la nueva Argentina. Podría ser también —por qué no— una toma de posición frente a lo que se vislumbra o se avecina: un 2027 que, con la sucesión presidencial, podría empezar a plantear a los argentinos el futuro inmediato después de Milei o con Milei protagonizando; el destino de las reformas si logran plasmarse en el Parlamento; el rumbo de la nueva economía si efectivamente se normaliza e integra al mundo. ¿Una alternativa de mayor equilibrio frente a Milei? ¿Más Milei? ¿O algo más parecido a una vuelta al populismo que el país pareciera estar dejando atrás?
¿Qué hizo Cornejo, o dónde se paró, en ese hecho político menor al que se hace referencia? Ratificó su identificación radical con la línea del Comité Nacional del partido, que viene de negarle a otros radicales —los identificados con Martín Lousteau y Facundo Manes, entre otros— la apropiación del histórico y centenario sello partidario para integrar la sigla UCR al frente opositor de Provincias Unidas. Un espacio compuesto, entre otros, por los gobernadores Maximiliano Pullaro (Santa Fe), Martín Llaryora (Córdoba), el correntino y ex gobernador Gustavo Valdés y el chubutense Ignacio Torres.
Cornejo quedó del lado no sólo del Comité Nacional, sino particularmente del bloque mayoritario de diputados del radicalismo —un grupo de seis— cuyo presidente es la mendocina y cornejista Pamela Verasay y que conforma, además, Lisandro Nieri, ex ministro de Hacienda durante la primera gestión del propio Cornejo, entre 2015 y 2019. A futuro se verá si esta toma de posición lo ubica definitivamente en la vereda de enfrente de Provincias Unidas, algo que todo indica será así por el mismo lugar en donde hoy está parado. Un espacio, el de Provincias Unidas que, antes de las elecciones del año pasado, prometía convertirse en esa alternativa republicana y equilibrada con la que el propio Cornejo llegó a coquetear, pero que no logró hacer pie en octubre, cuando millones de electores optaron por ratificar el camino de Milei y extenderle la garantía antes que darle un golpe en contra. Pero en la Argentina nunca se sabe, más en estas cuestiones de posicionamientos políticos, de pragmatismo casi total y algo de transfuguismo hay que decir.
El 2026 será, probablemente, el año en el que las aguas que rodean al oficialismo —como un mar que lo protege, lo envuelve y a la vez lo sustenta— comiencen a agitarse detrás de posiciones más firmes y determinantes. Es el juego natural del poder que se reactiva frente a una elección crucial. Ese mapa, como si se desplegara en un clásico tablero del TEG, invita a buscar aquello que se contraponga a Milei en 2027, frente al claro retiro del viejo y duro kirchnerismo, hoy descolorido y fuera de batalla. Pero, más aún, invita a pensar qué puede realmente superar al actual oficialismo en calidad política y razonabilidad.
En esa pulseada se cree —más como un deseo que como una certeza— que hay ciertos activos conseguidos durante la gestión de Milei que podrían persistir aun sin Milei en el poder, como el equilibrio fiscal. La obligación y el mandato republicano de administrar sin déficit, ceñidos estrictamente a los ingresos al momento de ordenar y disponer el gasto público. Incluso podría aventurarse, todavía más en el plano de la esperanza que en el de los hechos, que con el déficit cero ocurra algo similar a lo sucedido en los años 80, cuando la sociedad cerró filas de manera casi unánime para defender y sostener la democracia como valor colectivo y social irrenunciable tras su recuperación. Que el equilibrio fiscal pase a ocupar ese mismo lugar y se mantenga como política de Estado, como suele señalar Guillermo Yazlli, analista político del programa “Opinión”, que se emite por LV10 Radio de Cuyo.
Volviendo a la pelea intestina —y menor— del radicalismo, entre el Comité Nacional, donde se ubica Cornejo, y el bloque de Provincias Unidas, el punto central es quién sostiene y quién ha perdido la identidad partidaria. Si aquellos que se mueven cerca de Milei, aun con autonomía y una posición crítica, representan la estirpe y los valores históricos del radicalismo, o si esos valores se diluyeron por elección, especulación o porque la llegada de Milei implicó un cambio de paradigma tan profundo que puso en revisión incluso doctrinas que parecían inamovibles.
Estos movimientos que sacuden al radicalismo, tan afecto a las luchas internas, también se han replicado en el peronismo mendocino, más que en el nacional hoy dominado por una visible hegemonía kirchnerista. Los peronistas provinciales atraviesan una crisis abierta y expuesta, en la búsqueda de su verdadera identidad, su lugar y su rol político, una discusión que debió haberse disparado mucho antes. El cisma entre los camporistas y quienes no comulgan con las huestes de la ex presidenta presa, Cristina Fernández de Kirchner, podría encaminar al movimiento hacia una redefinición de los puntos de identificación que supo tener con la sociedad y que perdió al inicio de la segunda década del nuevo milenio.
La resolución de este proceso sumará, probablemente, un nuevo nivel de complejidad en los tiempos de Milei. Porque el peronismo no sólo deberá definir si se alinea con aquello que los mendocinos supieron valorar y que perdió —ideas surgidas de históricas usinas de desarrollo y crecimiento— permitiéndole al radicalismo reinventarse tras una crisis similar, sino que también tendrá que interpretar el nuevo mundo que abrió Milei. Y decidir, en ese marco, si continúa atrapado en el pasado o si se libera, se actualiza y se renueva casi por completo.
