Una nueva propuesta de lectura que, como todas las semanas, invita a disfrutar de un relato de autor local. Desde Cultura de El Sol propiciamos un encuentro de lectores y escritores para celebrar la lectura, la fantasía y la transmisión cultural que fortalece los vínculos con el entorno que habitamos y nos habita.

Cada cuento mendocino publicado es una puesta en valor de nuestra cultura y nuestros talentos. Mendoza es tierra de excelentes escritores. Historias cautivantes esperan encontrarse con muchos lectores que las aprecien y las divulguen.

En este relato de Vanesa Stroscio se entrelazan las vidas y amores de dos jóvenes con la historia, en un espacio emblemático de la Mendoza de otros tiempos: las ruinas de San Francisco.

Sobre la autora

Vanesa Stroscio es licenciada y profesora en Comunicación Social, egresada de la UNCuyo, y diplomada en Literatura infantil y juvenil en la Universidad de Villa María. Además, es docente de secundaria y dicta talleres de escritura y lectura para niños y adolescentes. Ha escrito el libro infantil Drago. La aventura de crecer (Tinta de luz 2022), con el que ha participado en diversos eventos literarios. Su cuento La sonrisa de mi tía Luisa forma parte de la antología de cuentos Las emociones difíciles Vol. III. (Niña Pez, 2023) y el cuento ¿Alguien vio al Ratón Pérez? fue publicado en la Revista Pan y Queso en el 2024, año en el que participó como jurado en el Concurso Letras jóvenes, organizado por la Municipalidad de Godoy Cruz. El relato que compartimos pertenece a su último libro, Con los pies en la acequia. Cuentos ni tan ficticios ni muy ciertos, que fue declarado en el 2024 de interés provincial por la Cámara de Diputados de Mendoza.

20.36

—¡Me voy a casar! —gritó Aurora golpeando la puerta a su paso, escondiendo el anuncio tras el remezón de las paredes. Sin aliento -un poco por la ansiedad, otro porque el trote la dejó exhausta-, repitió una a una sus palabras cargadas de júbilo: “¡Me-voy-a-casar!”.

Ya era hora”, pensó la madre, secando con el delantal las primeras lágrimas. Frotó sus manos, soltó los restos de masa entre sus dedos y, apartando la olla del fuego, se lanzó a los brazos de la futura esposa: ¡seguro tendría detalles que contar! Las tortas fritas podían leudar un rato más.

—Desembuche m´hija. ¡Cuente cómo se lo pidió! —suplicaba el rostro marchito, desfigurado a medida que las palabras se enredaban en un relato difícil de comprender.

—Todavía no me propone casamiento, ¡pronto lo hará! Tengo que estar preparada. ¡Así está escrito, má! ¡Sí, es mi destino! —explicó jadeando, apretando el abrazo, todavía ilusionada luego de tres años de noviazgo.

Es que, a falta de indicios por parte de Fausto y con miedo a ser “la solterona” –igual que su hermana-, había decidido, nomás, buscar respuesta divina.

Un siete de oros por aquí, un diez de bastos por allá. Las cartas cayeron una a una, desplegando el colorido abanico de símbolos y números sobre la mesa. Aurora contenía el aliento, y la respiración, para que el olor a sahumerio no se le colara por la nariz. Un tres de espadas aquí, algún cinco de copas por allá. Su futuro estaba más presente que nunca, a la espera de ser revelado.

Susurrando una plegaria -a vaya a saber qué dios- la vidente revoleó las pupilas hacia atrás. De pronto, quedó con los ojos en blanco: extendió las manos hacia el cielo, sacudió el cuerpo con vehemencia y, por fin, la magia del oráculo fluyó: las cartas se movieron, tímidas, como si una fuerza superior las succionara; luego levantaron vuelo. Suspendidas de hilos imaginarios giraban a toda velocidad, flotando tras el humo que dejaba el incienso. Una, dos, tres, varias cartas se desprendieron del tornado y, apoyándose unas tras otras sobre la mesa, construyeron figuras, mezcladas con misteriosas imágenes, tal vez proyectadas desde el más allá.

Un hombre. Una mujer. Un altar. Una iglesia.

De pronto, silencio; quietud. El mazo dejó de girar: flotó, aletargado, en la misticidad de la atmósfera. Por fin, la adivina habló:

A la iglesia entrarás

y en el altar, un hombre te esperará.

Con el canto de la tierra,

hacia vos, los santos se inclinarán

y, esa será la última vez,

que como novios se mirarán”.

Terminado el vaticinio, el interior de la vivienda se sacudió por completo. El tintineo de los cacharros espabiló a Aurora que, nerviosa, sujetó la mesa, zarandeándose, tirando los cachivaches que tenía encima. Con ese ligero temblor, de repente, la magia terminó. Y como cuando caen las golosinas de la piñata, las cartas aterrizaron desparramadas por el suelo.

—Entonces, ¿me voy a casar? —las palabras asomaron confundidas.

La adivina, letra a letra, repitió el designio.

—Sí, sí: entendí —mintió la joven.

Después pagó y se fue, con más interrogantes que respuestas, más dudas que certezas. Desilusión: por la inexactitud de las visiones. Esperanza: por el mismo motivo. Eligió la esperanza ¿Acaso, no dicen que “es lo último que se pierde”?

Juana observó la escena desde el rabillo de un ojo, mientras con el otro seguía el recorrido de la aguja, deslizándose, entre uno y otro punto del tejido. Escuchaba, atenta, el relato de su hermana menor sin poder contener la opinión.

Le advirtió que en todo ese jueguito de cartas voladoras -muy dudoso de creer- no se mencionaba la palabra casamiento, ni boda, muchísimo menos, algún tipo de compromiso. La acidez en el tono le quemó la garganta: un poco porque no creía en adivinaciones y, un montón, porque los celos le carcomían. La mayor de las hermanas había abrazado la soledad tras un fallido amor clandestino y, no siendo capaz de enfrentar las miradas acusatorias, decidió ponerle fin al romance, cerrando su corazón para siempre. O al menos, hasta ese momento en el que decidió que merecía ser amada nuevamente, y se atrevió a seguir los pasos de Aurora.

La puerta se abrió, antes de que la joven pudiera llamar.

Tu negocio con creces ha de prosperar

cuando construyas de nuevo

lo que la tierra sepultará.

El éxito que te rodeará,

desgracia y pérdidas

a otros ocasionará”.

Memorizando en voz alta su revelación, el apuesto carpintero pasó junto a Juana sin siquiera reconocerla. Él había llegado antes, también en busca de respuestas.

—Querés saber si algún día alguien te volverá a amar. Por eso viniste a buscarme —las palabras surgieron de adentro.

La joven asintió con un movimiento de cabeza a la dueña de aquella afirmación que, a juzgar por el gato sobre el regazo y la nariz de gancho sobresaliendo de su cara, intuyó que era la bruja.

Se acercó, reticente, y se sentó justo al borde de la silla, por si debía salir corriendo. Las cartas iniciaron el espectacular show.

Cuando la tierra mueva el tablero

fichas sueltas quedarán.

Y en busca de consuelo

otros brazos te buscarán.

Juntos ¡un nuevo juego comenzarán!”.

Y fue todo.

Juana se levantó de un respingo mientras la vidente terminaba de hablar.

—¿Cuándo? —se atrevió a preguntar antes de salir disparada por la puerta.

—Cuando la luna se despida del verano.

Desde aquella visita, las pesadillas se presentaron cada noche, con la corazonada de que algo terrible iba a suceder. Y así, los días pasaron.

La última tarde de verano las hermanas salieron de San Francisco mezcladas entre los feligreses que entraban y salían del templo, hincándose para hacer la señal de la cruz. Sus caras, de luto, iban a tono con el viernes Santo, día en que los creyentes pedían por la expiación de sus pecados; aunque el perdón les duraba lo que se demora en cruzar la calle y reunirse en la Plaza Mayor a chismosear unos a espaldas de otros, cada uno de sus males.

Juana y Aurora prefirieron no socializar. Caminaron con la cabeza gacha, esquivando cualquier saludo e invitación. Con la misma actitud, las sorprendió la noche, regalándoles la luz de la luna en su regreso a casa.

“Con el canto de la tierra… Levantar lo que la tierra sepultará… Cuando la tierra mueva el tablero…”. Juana se preguntaba por el significado de aquellas palabras, cuando escuchó la puerta abrirse con sigilo.

Al voltear, Aurora ya estaba afuera, en dirección al templo: ¡Iba a encontrarse con Fausto! Su hermana trató de cerrarle el paso, detenerla, pero la joven escupió toda su angustia. Aquella profecía no traía casamiento, ni vestido ni anillo; solo desilusión, solo mentira. Si las proyecciones hubieran sido ciertas, a esa hora, estaría vestida de blanco, caminando hacia el altar.

Juana la siguió a hurtadillas hasta la plaza; allí se quedó, viendo a su hermana entrar a la iglesia, con ropa de entrecasa y el corazón doblegado por la furia.

20.30. Juana se desmorona en un banco, castigándose por ver desgracias donde no hay.

20.32. Nada, ni un poco de viento.

20.34. Decide volver, antes de que su madre se diera cuenta de la ausencia.

20.36. Terremoto.

De sus entrañas, la tierra soltó un grito estremecedor. Las ondulaciones sacudieron las casas, disparando escombros por doquier. Caos y confusión, mezclándose con los alaridos suplicantes de los que quedaban atrapados entre el naufragio de muebles y paredes, y de quienes buscaban, desesperados, algún sitio donde resguardarse.

Y entre lamentos, el grito de Juana quedó sofocado.

Con el nombre de Aurora palpitando en la garganta vio al templo sumiso, arrodillándose ante el poder de la naturaleza. Muros, santos y crucifijos se arrastraron, convirtiendo al templo en ruinas: ahora, las Ruinas de San Francisco.

Y la profecía se había cumplido.