El presidente no puede ponerse a pelear públicamente con un artista. Se tergiversan las prioridades, se desenfoca de la realidad más apremiante para la toma de decisiones y entra en un terreno donde lo que hay es barro. No es que no se le permita a un Jefe de Estado discutir ideas. El problema es que está para otras cosas más acuciantes.

La inflación sigue siendo el problema. El dato que se conoció, por más festejos que haya en el oficialismo, no deja de ser alto. Paralelo al Índice de Precios al Consumidor, también se publicó lo que cuesta vivir en Argentina para no ser pobre. Para una familia de clase media de cuatro personas, esto implica ya más de medio millón de pesos. Donde más pega la inflación es en el sector de los más vulnerables, porque el piñazo llega al costado más sensible, que es el de los alimentos, lo poco que pueden satisfacer. La mirada no puede nublarse o distraerse sobre esto.

El carácter o temperamento ayuda para conducir un país como este, sobre todo, si el proyecto de gobierno es dar vuelta las cosas y rediscutir lo que parecía inmutable. Es inevitable que haya reclamos y que surjan conflictos. Lo que no se entiende son los arrebatos.

Para un gobierno débil en el parlamento, no pareciera ser la estrategia más prudente perder los estribos, armar listas negras entre los legisladores que por alguna razón decidieron no acompañar o escoger entre la popular a una cantante como ejemplo de todo lo que el Estado no tiene que hacer. A lo sumo, el problema no es el artista, sino la política. Si existe la sospecha de que el Congreso está atravesado por negocios, antes que batir denuncias en los programas de televisión están los tribunales.

El presidente no puede estar en todos los rings ni en cualquier cuadrilátero. Si no, corre el riesgo de perder el foco o convertirse en un meme.