Los últimos datos oficiales sobre el nivel de inflación en el país, del 6,6 por ciento para febrero, un mes en el que habitualmente no es influido por factores estacionales y en el que los precios suelen mantenerse sin demasiadas alteraciones, tendría que hacer poner obligatoriamente las barbas en remojo de la política. Una política, hay que decir, atravesada por el internismo y por una calamidad que la viene dominando desde un buen tiempo a esta parte: la desorientación y la desconexión casi absoluta de los dramas que afectan a las personas a las que dentro de pocas semanas se dirigirán para pedirles el voto.
La pobreza, que a fines del año pasado se ha ubicado en el orden del 36,5 por ciento según datos oficiales, con una indigencia que está rozando el 9 por ciento, se verá notablemente incrementada a mediados de años cuando impacte la proyección del pavoroso número inflacionario con el que se ha inaugurado el año. El año, hay que recordar, en el que Sergio Massa, la última y única carta con la que cuenta el oficialismo para escaparle al cúmulo de maldiciones que está cosechando, había calculado mantener a raya el incremento de los precios con ese 60 por ciento imaginario con el que ideó y planificó el presupuesto 2023, el último de la actual gestión de Alberto Fernández.
¿Cuáles habrán sido los datos que tuvo en sus manos el ministro de Economía, como parte de la información calificada que debiese tener a su disposición, que lo empujaron a declarar sobre el fin del 2022 que hacia el primer trimestre del año la variable de los precios se normalizaría en el 3 por ciento mensual? Es una pregunta que, obviamente, induce a respuestas múltiples partiendo de una suposición prejuiciosa, es cierto, que pudo haber sido el exceso de optimismo, por un lado; por el deseo mágico de que las cosas que se sueñan sucederán por otro, pero también por ese impulso espontáneo e indomable, pareciera, de quienes en verdad se han convencido a sí mismos –por la desesperación del entorno que le pidió auxilio–, que su sola existencia y presencia pueden hacer variar el rumbo de lo que funciona mal con sólo decirlo. Todo esto viene a cuento de que no hubo una sola medida de fondo y de las que garantizan algún resultado concreto, al decir de los especialistas en el tema, que Massa haya tomado para detener la inercia inflacionaria. Los niveles de emisión siguieron en aumento y el ajuste que ordenó en las cuentas públicas sólo afectaron partidas de alto impacto social, arrancando por el evidente y deliberado atraso de las jubilaciones y pensiones, más un puñado de planes asistenciales manejados por organizaciones algo distantes del Gobierno. El maquillaje proporcionado por el relato, la extravagancia y las teatralizaciones, han completado el resto de un plan condenado al fracaso, pero del que se tomó la administración para intentar revertir una más que probable derrota en las urnas.
El drama que enfrentará el Gobierno de cara a los distintos exámenes electorales que se avecinan es el de la pobreza y de su crecimiento con otro año altamente inflacionario y ahora sí con la altísima probabilidad de al final se acerque a ese 100 por ciento de aumento de precios que eludió por muy poco en el 2022. Pobreza e indigencia, representadas ambas en no menos de 20 millones de personas.
El maquillaje general de todas las variables y el “vamos viendo” con ese apoyo inestimable de un Fondo Monetario Internacional (FMI) que ha ratificado su cercanía a quien administra el Gobierno en el país –no importa quién sea, como ocurrió en los tiempos de Mauricio Macri–, conformarán las claves por las que pasará el discurso para reencantar a los votantes. Todo indica que el FMI no permitirá, dentro de su radio de acción, que se desmorone el Gobierno por su culpa, aunque haya exigido –junto con una nueva liberación de fondos–, más ajuste fiscal por ese lote de 800.000 nuevos jubilados que ingresarán al sistema sin el total de los aportes, y reducir la emisión.
Así como se cree que el FMI, al decir del oficialismo con aquella autorización de
recursos extraordinarios que autorizó como a nadie en el concierto mundial, fue quien financió la campaña electoral de Macri cuando buscó su reelección en el 2019 como la última reserva y garantía ideológica contra el populismo, hoy bien se puede sostener lo contrario: un FMI de cierto rasgo populista con una clara intención de salirse del foco de los eternos conflictos argentinos, o de ser parte de los alterados y destemplados discursos que seguramente van a determinar el rumbo de la campaña electoral.
Con sólo ver en qué anda la dirigencia, está claro que cuando arranque la campaña en serio, la pobreza, la indigencia y la falta de un horizonte claro para los argentinos, sólo será parte de la apariencia bajo la que se estructurarán y presentarán los discursos. ¿O acaso se ha visto que alguna de las fuerzas que serán parte de la competencia estén concentradas en un verdadero programa serio y de fondo para aplicar en el país y comenzar a sanarle las heridas? Sólo estridencias y fuegos de artificio y mucha indiferencia, irresponsable e indolente sobre las desgracias que plagan la vida de los argentinos.
