La política nacional y la local están llenas de comentaristas, como si estuvieran exceptuadas de responsabilidades. No parecieran tener mayor obligación que nutrir sus perfiles oficiales en las redes sociales para posicionarse de cara a la campaña electoral, en algunos casos, para justificar los relatos; en otros, para darles de comer a las tribunas.
Pero los problemas no se resuelven con las descripciones ni justificaciones. La dimensión de lo que se afronta día tras día marca que hace falta más trabajo de campo que posteos.
Lo sucedido en una obra de Guaymallén, la pasividad de los órganos de control oficiales, a pesar de los reclamos, es una muestra. Ni hablar de los barrios que sufren la falta de presión del agua o, directamente, la escasez. Lo que no se ha tomado en cuenta, en un tiempo efervescente de encuestas, es que lo que crece a la par de una imagen también es el malestar ciudadano si las escuelas se cierran por falta de mantenimiento, ante demoras en las aperturas de calles o si, todavía, a varios años de iniciado el sistema de transporte, este no tiene señalizadas las paradas. Menos Twitter y más laburo.
