Durante años, el problema de las personas lesionadas durante las fiestas de fin de año fue un tema de salubridad pública que no se podía controlar. Estaban aquellos que resultaban heridos por el mal manejo de la pirotecnia o los accidentados por el consumo de alcohol. Como consecuencia, las salas de emergencia de los principales hospitales públicos eran escenarios de tragedias o accidentes menores que bien podrían haberse evitado.
El momento de disfrute de una Navidad o un Año nuevo se convertía de manera instantánea e imprevista en un mal pasar. Sin embargo, desde hace poco las cosas parecen haber cambiado, como si en la provincia se hubiera dado un salto cualitativo de cuidado con el otro, pero también con uno mismo.
Con la prohibición de la venta de pirotecnia, pero aún más con la concientización de los mendocinos, los heridos fueron disminuyendo año tras año. Con todo lo difícil que resulta prohibir una actividad económica, lo que realmente mejoró fue ese aspecto cultural o educativo que cuesta siempre modificar, porque está arraigado. Es que, más allá de los fuegos de artificio, también los estruendos que provocan generan molestias para personas que sufren con las explosiones, así como también los animales, con sentidos más agudos que un humano. Ha sido una tarea de conciencia social que parece haber rendido sus frutos.
