No debe haber un país en el mundo que presente la variedad de cotizaciones del dólar que hay en Argentina. Lo que es en apariencia un pase de comedia, en el fondo es un drama económico y no menos político. Con los valores diferenciales para el turismo e, incluso, para la compra de entradas a espectáculos internacionales, llegamos a un nivel tan insólito como inaudito y saca a relucir la psicología que tenemos respecto de la moneda estadounidense, la única que se apreció en un mundo pospandemia, sacudido por la guerra y la inflación que se desencadenó a nivel global.
La preocupación por las reservas del Banco Central no es un asunto menor, pero el espectro de valores que se ha fijado desde los organismos responsables de la política cambiaria manifiestan cuán desnortados estamos y cómo se restringirán hacia el futuro las posibilidades de elegir adónde queremos ir. Al mismo tiempo, impactarán en un sector de la industria del turismo.
Con todo, no hay nada que garantice que este tipo de medidas funcione, puesto que, aun con el encarecimiento de los consumos en el exterior a través del incremento en las alícuotas, los viajes al extranjero no cesaron. Pero el problema no afecta sólo al turismo, sino también a aquellos que viajan a perfeccionarse, a trabajar temporalmente, a visitar a sus familiares que emigraron por la crisis y, por supuesto, a los que no encuentran tratamiento clínico en Argentina y tienen que apelar a médicos de otros países, ya que se trata de afecciones no comunes y difíciles de solventar sin ayuda. En suma: medidas que empeoran la calidad de vida.
