Cada tanto, un sismo nos espanta. Nos hace recordar dónde vivimos, en una provincia que tiene historia en sacudones fuertes. Y de paso nos enseña que somos frágiles, por lo tanto, vuelve a instalar la necesidad de ser precavidos cada vez que la tierra se mueve intensamente.
El temblor en San Juan puso en relieve que no hay datos actualizados sobre la cantidad de casas de adobe en el Gran Mendoza. No ha habido víctimas fatales que lamentar, pero también podría decirse que es por pura suerte. Los municipios tienen identificadas las zonas donde podrían darse graves problemas si un terremoto, como el de 1985, vuelve a ocurrir, pero tienen cálculos generales sobre estas construcciones que están prohibidas. Contar con información permitirá a cada gobierno responder con prisa ante una emergencia.
Por ahora, los especialistas han advertido que hace falta un plan sistemático si ocurre una “tormenta perfecta”: la combinación de un gran sismo en tiempos de pandemia, que haría colapsar los hospitales mendocinos. Hoy Mendoza tiene algunas ventajas, como el hecho de atravesar una planicie en términos de contagios. Cuidar esta diferencia puede ser vital: hay que seguir cuidándose.
Lo único que puede compensar nuestra fragilidad ante un terremoto es la organización. No basta con recordar cada tanto que hay que tener a mano una mochila con elementos necesarios. También hay que seguir avanzando con los planes de acción y con los datos que ayuden tomar decisiones en momentos críticos.
