El COVID-19 descolocó a todos los argentinos y caló hondo no sólo en el sistema sanitario. La educación da muestras de que recibió un duro golpe, también donde más duele: los niños y adolescentes, principalmente de sectores vulnerables.
Así, en medio de idas y vueltas y mucho desconocimiento de cómo proceder, los gobiernos de la región, mirando hacia el primer mundo, intentan ponderar el impacto y empiezan a enfocarse en los sectores donde más consecuencias lógicas y paralelas tiene el paso de la enfermedad, mientras se aguarda la vacuna.
No hay que irse muy lejos para ver que en el país pasaron ya 7 meses de cuarentena, con sus progresivas flexibilizaciones, con un gran remezón escolar, con miles de chicos que quedaron desconectados del sistema, al que venían aferrándose como podían. No sólo porque los colegios a los que asistían evidenciaban una importante brecha digital, sino porque sus condiciones socioeconómicas los dejaron al margen de la virtualidad, por la imposibilidad de acceder a internet y a dispositivos tecnológicos.
Por este motivo, vale poner sobre la mesa la importancia que tiene, siempre, la inversión en materia educativa. De hecho, sigue siendo una deuda pendiente, ya que cuesta cada vez más cumplir con la ley nacional que estipuló garantizar una inversión anual en educación equivalente a 6% del PBI.
Por eso, con el largo camino que significa lograr esa meta, es un buen síntoma, en medio de tanto escenario sombrío, comenzar a fortalecer con recursos el sistema digital, reconectar e incluir a quienes se encuentran caídos.
