Algún día, la clase política debería explicar por qué le cuesta tanto reaccionar ante situaciones críticas. O, en todo caso, por qué la primera reacción es subir la guardia y defenderse con bandera del corporativismo, sosteniendo en alto un mástil que puede terminar convirtiéndose en un lastre.
La política mendocina atraviesa un momento de crisis. Lejos de las épocas de referentes que tenían como objetivo la construcción de una Mendoza mejor y planteaban modelos diferentes para hacerlo, hoy está plagada de dirigentes que no trascienden más allá de las redes sociales y cuyas ambiciones son netamente electoralistas. Viven en ese microclima; pasan más tiempo con el celular que teniendo contacto con la gente. Todo lo ven y lo analizan bajo ese prisma. Son amarretes hasta para pensar en ellos mismos a largo plazo e incapaces de salir de esas actitudes adolescentes que le restan seriedad al rol que la sociedad les asignó. Impostan. Y se nota.
A la dirigencia le cuesta asumir responsabilidades en circunstancias adversas. O se pone a la defensiva o busca alguna situación similar en el partido contrario para, de esa manera, creer que lava culpas. Es vivir en un “pero” constante. Y muestra la incapacidad de reconocer errores sin condicionantes ni atenuantes. ¿Por qué? Simple: sabe que si lo hace, si tiene un gesto de madurez institucional, habrá quien busque rédito de eso. Y Mendoza, toda, se ha convertido en rehén de ese juego perverso. Bajo esa lógica, a veces no se toman decisiones en tiempo y forma. Se especula con que baje la ola. Es una salida simplista, es cierto. Sin embargo, es en las paradas bravas donde trascienden los mejores. Capear el temporal.
