La pandemia por COVID-19 llevó a  una situación inédita en la historia reciente mundial y Argentina no ha quedado fuera de ello, generándose por la cuarentena extendida, importantes efectos psicológicos que ya están siendo estudiados. Pero no abundan los antecedentes como para saber qué se puede esperar.

El encierro no es el único factor que influye en el bienestar psicológico de los argentinos. Muchos han pedido su trabajo o están con miedo de perderlo, no saben cómo mantener a flote sus empresas y pasan los días pensando ideas para seguir “aguantando” hasta tener algún tipo de horizonte de previsibilidad.

Los trabajadores “esenciales” se vieron en la situación de seguir saliendo a cumplir con su tarea, exponiendo su salud y la de sus seres queridos, tomando cientos de precauciones extra para evitar el contacto y el contagio.

Otros tuvieron la “buena suerte” de seguir desempeñando sus tareas a distancia. Pero los últimos datos evidencian que tampoco ese cambio resultó gratuito. Los empleados que hoy teletrabajan se muestran satisfechos con el tiempo de traslado que ahorran o con pasar más momentos junto a sus seres queridos. Sin embargo, la modalidad remota llegó también con mayor cantidad de reuniones por videollamada, de complicaciones para conseguir información o acceso a sistemas, y generalmente con jornadas laborales extendidas respecto de los días transcurridos en la oficina.

Y en todos estos casos a las obligaciones laborales o la falta de empleo se sumaron la preocupación por el peligro existente para la salud, las tareas de cuidado extra (tanto para familiares mayores como para niños en edad escolar), la necesidad de adaptarse y aprender sobre nuevas herramientas de la economía digital, así como una limpieza y cuidado intensivo del hogar.

El impacto de todo esto en la salud mental ya está siendo estudiado. El Observatorio de Psicología Social Aplicada (OPSA) de la Universidad de Buenos Aires (UBA) relevó los estados de ánimo y conductas problemáticas de los argentinos durante los meses de pandemia, y concluyó en su último reporte que el porcentaje de personas en riesgo de trastorno psicológico se incrementó de 4,86% tras los primeros días de pandemia a 8,10% luego de más de 130 días de aislamiento. En el Área Metropolitana de Buenos Aires (AMBA), dicho incremento pasó de 4,9% a 9,5% en el mismo lapso. 

Para el último estudio, revelado en julio pasado 75,83% de los participantes reportó experimentar malestar psicológico, el 54,2% dijo consumir alcohol para lidiar con ese malestar y 43,75% consideraron necesario realizar tratamiento psicológico.

A este riesgo general para la población se suma que es una situación en la cual la capacidad mental y emocional de los trabajadores se vio sobre exigida, los estados de ánimo más extremos (incluso las patologías) se potenciaron, y no es extraño entonces que a cinco meses estén necesitando un descanso y desconexión para recuperarse.

No todos se sentirán en condiciones de pedirse unos días en el trabajo pero hay también otras maneras de luchar contra el desgaste laboral que pueden colaborar con una mejor salida para el estrés agregado de la cuarentena.

¿Burnout para todos?

Se detectan casos de ansiedad tanto entre quienes trabajan a distancia como entre los “esenciales”.

Los expertos esperan que las consecuencias para la salud física y mental de este tiempo de aislamiento sean dispares y a al menos novedosa respecto de lo que se solía detectar en la “vieja normalidad”.

Graciela Filippi, profesora titular de Psicología Laboral de la Universidad de Buenos Aires (UBA) concuerda que las consecuencias serán distintas: “Creo que nadie va a salir igual, dado que estar encerrado sin poder trabajar, trabajando remotamente o siendo trabajador esencial obligado a salir para prestar tareas, va a dejar diferentes marcas”.

“Estar encerrado produce síntomas psicosociales y físicos determinados como problemas musculoesqueléticos por sedentarismo en demasía, la exposición permanente a la pantalla de la computadora o a la herramienta tecnológica con la que cada uno se conecta, etc. También hay casos de ansiedad, ataques de pánico en ambos grupos, síntomas de depresión, irritabilidad, desmotivación y desgano, y se ha instalado un sentimiento de miedo al contacto con el afuera, percibido por muchos como un espacio peligroso”, señaló Filippi.

En resumen, la experta de la UBA anticipa que una vez finalizada la emergencia sanitaria probablemente surjan consultas tanto por la salud física como psíquica que podrán “sorprender”, y que indudablemente la relación con el trabajo y la forma de gestionarlo sufrirá múltiples cambios.

Hubo un buen número de trabajadores argentinos que por encontrarse dentro de grupos de riesgo o tener que hacerse cargo de niños en edad escolar o mayores, recibieron las correspondientes licencias determinadas por el gobierno nacional.

Quienes tuvieron la posibilidad de hacer uso de ese beneficio, así como quienes ya no trabajan, no saldrán de la pandemia de la misma manera que quienes siguieron trabajando con la carga agregada de tareas y complicaciones. Pero tampoco salieron indemnes: “Coincido en que quienes hayan estado expuestos a las distintas modalidades de trabajo durante el aislamiento van a tener distintos tipos de consecuencias. Pero los que no hayan desempeñado tareas laborales están tan ‘quemados’ como los demás. En ese caso es por ‘burnout”, aseguró el especialista en empleo e innovación Alejandro Melamed señalando los efectos del aburrimiento.

El también director de Humanize Consulting señalaba a un medio nacional que el “burnout” se da por estar expuesto a situaciones de demandas constantes y permanentes, y que eso se prolongue en el tiempo. “No es malo tener un nivel de demanda, el estrés no es malo por si mismo sino que es la respuesta de nuestro organismo a los niveles de demanda. Si no la tuviéramos, no podríamos sobrevivir. Pero lo que está ocurriendo ahora es que en la situación en la que estamos viviendo, a las demandas tradicionales se agregan otras nuevas y se arma una especie de ‘combo explosivo’”, apuntó.

¿Cómo reconocer el “burnout”?

El agotamiento extremo, el cinismo, el desapego y la desmotivación son síntomas de “burnout”.

Son muchas las investigaciones que hoy hablan de una intensificación del “burnout” o estrés laboral de quienes trabajaron durante la pandemia. Se trata de un fenómeno reconocido por la Organización Mundial de la Salud (OMS) desde 2019 como estrés crónico en relación al trabajo “que no ha sido manejado adecuadamente”. Y se caracteriza por tres factores: agotamiento y poca energía, distanciamiento mental del trabajo y sentimientos negativos hacia el mismo, y reducción de la eficacia profesional.

“El ‘burnout’ es un diagnóstico muy grave, es el ‘síndrome del quemado’, el estrés a la máxima potencia, y sobre todo tiene una población de riesgo muy determinada que son los sanitarios, trabajadores de la educación, servicio social, policías, etc. pues la padecen personas con altos ideales”, agregó Filippi en diálogo con un medio nacional. “Se lo define como una respuesta disfuncional que dan ciertos individuos que trabajan en profesiones de asistencia a una tensión emocional de índole crónica que se origina en el deseo de afrontar exitosamente los problemas de otros seres humanos”, señalaba.

¿Cómo se detecta?

“Por una progresiva pérdida de energía e insensibilidad a las demandas de las personas pasibles de sus servicios (pacientes, alumnos, adolescentes, etc.)” respondió la experta.

Uno de los estudios más recientes que se hicieron al respecto a nivel local es de la Universidad Siglo 21. En mayo último dio a conocer una investigación de su Observatorio de Tendencias Sociales y Empresariales que detectó que ya entonces se registraba un aumento del 5% del agotamiento por “burnout” respecto de la misma medición en 2019, y que se habían incrementado también las tendencias de depresión y ansiedad.

La Universidad detalló que el 48% de las personas encuestadas ya indicaba que “siempre o casi siempre” le resultaba difícil relajarse luego de una jornada laboral. Al 36% cada vez le costaba más comenzar a trabajar y el 38% se encontraba tan cansado que no podía dedicarse a otras cosas después de finalizar su jornada.

También midió el nivel de “cinismo” o desapego con la tarea que genera el estrés crónico, y el 26% se sentía menos involucrado, el 27% dudaba de que estuviera contribuyendo en algo interesante y el 21% había perdido interés.

La Universidad identificó que los porteños son quienes registraban mayores niveles de estrés crónico. Además, las personas más afectadas son mujeres en el rango etario comprendido entre 41 y 51 años.

Sobre las diferencias de género, los investigadores de Universidad Siglo 21 no descartan que el mayor estrés de las mujeres se deba a diferencias en “la cantidad de tareas que desempeñan y la presión social que reciben así como la discriminación y violencia de la cual son objeto”.

Otras explicaciones destacan factores biológicos como los cambios hormonales y su impacto en el estado de ánimo. “El impacto psicológico de la cuarentena es altamente relevante y debe considerarse junto a otros aspectos sanitarios en la implementación de la cuarentena. La mayor duración de la cuarentena se correlaciona con mayor impacto psicológico negativo en casi todos los indicadores”, concluye el reporte de Siglo 21.

Fuente: IProfesional