Un grupo de periodistas estaba cubriendo una actividad en el Ministerio de Salud, en el quinto piso de la Casa de Gobierno. Cuando se retiraban, un colega se dio cuenta de que no tenía el celular, por lo que fue a buscarlo, pero no lo encontró. Entonces, desde otro teléfono, llamó al suyo para ver dónde estaba. Contestó un hombre, quien, no muy convencido, dijo que lo tenía él. El que atendió dudaba, como queriendo hacerse el distraído. El teléfono finalmente apareció, pero lo que llamó la atención es que, evidentemente, lo tomó alguien en el Ministerio de Salud o una persona que había ido a ver al mismísimo ministro del área. Se ve que el que encontró el celular no tenía la mejor intención y costó que lo devolviera. Si esto pasa en la Casa de Gobierno –casi se concreta el hurto–, qué nos queda a los ciudadanos comunes.