Además de ser un momento crítico desde el punto de vista económico y financiero, existe un deterioro social que genera tanta o más incertidumbre. Por un lado, hay quienes han decidido defender de manera incondicional medidas de gobierno que resultan cuestionables a primera vista. Por el otro, aparecen los que tienen la necesidad de hacerse escuchar y de dejar en claro que, más allá del resultado de unas elecciones, la gestión debe incluir a todas las voces. Esa denominada grieta no sólo está lejos de cerrarse, está más abierta que nunca.
El nivel de conflictividad va en aumento y el objetivo, en lugar de buscar consensos, intenta erosionar y degradar el pensamiento crítico del otro. Se trata de una discusión sorda, donde no hay cabida para la reflexión y para los puntos en común. Esa falta de acuerdo deja espacio para que aquellos que pusieron al país en esta situación sigan haciendo su juego, carezcan de todo tipo de autocrítica y no representen al pueblo.