El invierno se decidió a asumirse en julio. El invierno del otro año había parecido más una primavera fresca que un invierno, pero este dijo: “En Julio me hago notar”, y vaya si lo hizo. Las temperaturas bajo cero ya fueron una exageración, porque puesto a sentir, uno siente mucho frío con cuatro o cinco grados bajo cero, pero ya quince, dieciocho grados bajo cero como ocurrió en Malargüe es un abuso. A esas temperaturas, uno deambula por las calles dentro de la categoría de Walt Disney. Crucé la plaza el jueves, nevaba intensamente, venía diciéndome: “Qué lindo”, cuando me encontré con qué feo. Era un pibe –a mirar desde mi parva de años– apenas un pibe (si usted pide cifras le diría veintidós años a los máximo). Ya lo había visto otras veces pero nunca habíamos charlado. Esta vez sí me paró, tenía puesto un gabán de los de antes con roturas hasta en las roturas. Los copitos de nieve le habían construido un sombrerito blanco. Pensé que me pediría algunos pesos para comprar comida o lo que necesitara comprar, pero me dijo: “¿Usted no me puede conseguir una frazada?”. Seguro que lo miré extrañado porque se extendió en el pedido: “Una cualquiera, una vieja”. Comencé a atragantarme de realidad y le dije: “¿Cómo una frazada?”. “Sí, Don, porque nosotros dormimos acá en la plaza o en la Casa de Gobierno, porque ahí encontramos un techito”. –Yo sentí que se me helaba el alma y no por la nieve, precisamente. Balbuceé: “¿Cómo nosotros?”. “Sí, somos varios, bueno, somos muchos en la ciudad, algunos muchos más chicos que nosotros”. Entonces, hermana, hermano, se me fue la estética de la nieve al cercano país de la injusticia, a dormir a la intemperie otra vez, a cagarse de frío en nombre de los que tienen calefacción central, a ser pobre con el invierno mordiéndole la noche, a putear a los que lucran con el poder y la gloria. Tengo la frazada, varias, pero no lo he vuelto a ver. Tengo miedo, ¿sabés?, tengo miedo de no volverlo a ver. Y además tengo una bronca tan grande conmigo mismo, que si llega a nevar otra vez, puede que se me hagan escarchas las lágrimas.
Niño de nieve
Cruzo por la Plaza Independencia todos los días para ir a trabajar. Tengo amigos entre los estudiantes del Nacional, los empleados municipales que atienden la plaza, los artesanos que pululan por sus paseos y muchas veces me pongo a conversar con ellos con esas ínfulas que tenemos los argentinos de querer arreglar el país con una charla.
