Llegamos la noche del domingo y nos encontramos con un galpón con años de ser galpón pero con otra historia para contar. Un cartel precario y luminoso anunciaba Cine Arizona. Entramos, adentro el galpón seguía siendo galpón, revoque de barro pintado a la cal, cabreadas de maderas ampulosas, techo de caña viejo pero aún intacto. En los primeros pasos me di cuenta de que la vida me iba a zambullir en un mar de recuerdos. En el medio de la sala, un proyector de película de aquellos, de los de antes, de los que exigían unir rollo con rollo mediante acetato y las habilidades del operador. “Todavía funciona”, me dijo con orgullo uno de los que me recibieron. Estaba impecable, con ganas de arrancar la función. Fue entonces cuando me enteré de la hermosa razón de ese encuentro. Hace 40 años, el cine Arizona cerró. Desde entonces el pueblo no tiene cine. Queremos recuperarlo. Ahí estaban los compadres de Cinema Paradiso. Caminé recuerdo adentro a mi pequeño pueblito de llanura, a un cine parecido a ese que respiraba, con piso de madera, con butacas destartaladas que bien se bancaban una de vaqueros, con los pibes golpeando el piso con los pies cuando la película se cortaba o chiflando cuando los protagonistas se daban de esos besos candorosos que inventaron Rock Hudson y Doris Day. Volví a encaramarme a la escalera que llevaba a la piecita de proyección donde el flaco Silva luchaba para que Enrique Muiño no se saliera de cuadro en La guerra gaucha o Vitorio Gassman pudiera seguir conduciendo el auto de Il Sorpaso. Volví a excitarme con ese rollo prohibido que el flaco Silva había juntado robándole trozos eróticos al celuloide que ahora parecerían inocentes, casi inofensivos: un corpiño de Briggitte Bardot, un escote de Sofía Loren, las lolas jocundas de la Coca Sarli o la pollera al viento de Marilyn Monroe. Actué en Tres de Mayo. Actué en un cine. Un cine de aquellos que juntaba a las familias, que nos hacía vestir nuestras mejores galas, que ofrecía sus butacas del fondo, las más oscuras, para que los incipientes amores empezaran sus rondas de caricias. Tal vez debería hacer lo mismo en todos los pueblos, cine para todos y no sólo para los citadinos que puedan pagarse un shopping. Me gustaría sentarme en una butaca destartalada del Arizona, a esperar que empiece la de fondo mientras le convido pororó a Carlitos Chaplin.
Cine
Me invitaron a una actuación en
Tres de Mayo. Nunca había actuado
allí. Me dijeron que era para darle
aliento cultural a la zona, y me agradan
mucho ese tipo de propuestas.
