Ni hay un día para él, ni siquiera una mísera página en internet. Y estoy hablando de ese señor cuyo invento sostiene la tercera parte de la vida del tipo, que ha sostenido la tercera parte de toda la vida de todos los tipos sobre la tierra. Fíjese qué curioso, mucho no ha variado la cama desde sus comienzos milenarios. En definitiva, consiste en algo mullido para poner abajo del cuerpo y algo abrigado para poner arriba. Y esto viene siendo así desde que Mirtha Legrand recién empezaba a desayunar. ¡Pero qué adminículo irremplazable! Y muy personal, porque es como el perfume, uno tiene el perfume de su preferencia y siempre lo usa, pues bien, uno también tiene su colchón y es irremplazable. El colchón parecería tener inteligencia, porque sabe para qué lado se duerme uno, en dónde tiene que hacerse más blandido, cuándo debe adquirir firmeza. En estos días del invierno, la atracción de la cama es poderosa. No tanto al acostarse, que, bueno, para acostarse uno tiene que desvestirse, y con ese chiflete que entra por la ventana puede quedar solidificado como la mujer de Lot cuando miró hacia Sodoma. Sino al levantarse. El tipo escucha que suena el despertador, le encaja un manotón a la mesa de luz para pararlo y tira al suelo velador, libro, reloj y gotas para la nariz. El tipo abre un pequeño porcentaje de ojo. Ve que la habitación está con luz de día y se da cuenta de que el reloj no miente. Prende la radio o el televisor sin levantarse y escucha que le dicen que la hora es la correcta, que la temperatura es de tres grados bajo cero, que el viento corre a cuarenta kilómetros por hora levantando témpanos a su paso. Está tan tibia, la loca, tan mullidita, tiene tantas frazadas encima, que lo aplasta en un oprimente abrazo de lana, todavía le queda sueño como para dos horitas más… La realidad lo llama y el tipo quiere seguir en el país de los sueños. Es el momento más terrible del día: el momento de levantarse. Esto se les escapó a Freud, Joung y Lacan: la influencia nociva del levantarse en invierno en la psiquis del tipo. Es cuando uno debe actuar en contra de lo que cree, siente y piensa. Un acto de masoquismo que puede dejar huellas perdurables. La cama… Vaya con este invento tan grato. Menos mal que los mendocinos inventamos la siesta. Menos mal. En fin. ¿Falta mucho para el domingo?