Se llama bidet porque en francés esa palabra significa caballito, y se refiere a la posición que adoptamos al encaramarnos a él. Nos montamos en él. Es un inodoro sin botón, una petit bañadera que nos asombra, porque cada vez que la usamos nos deja “ano nadados”, tal vez porque sabemos que en su interior un delincuente permanece emboscado. Hay gente que no puede vivir sin el bidet, porque se sienten y se sienta muy cómoda con él. Otros bidets extraños o desconocidos pueden sorprendernos, algunos con un chorro débil que no llega a destino o a veces con un chorro poderoso que termina aplastándonos contra el techo del baño. Algunos se niegan a ir a un baño público porque no tienen bidet. Prefieren andar estreñidos que someterse a los manoseos de Higienol o de una hoja vieja de diario. O nueva, según el apuro. De noche, cuando el baño está deshabitado, a oscuras, cuando el botiquín cierra su ojo porque no tiene qué reflejar, el bidet le hace burla al papel higiénico: “Vos sos un limpia nalgas de papel. No hay nada más suave que el agua, gilún”. Alguien podría decir que al bidet le va para el poto, sin embargo, se divierte con los naipes, es el único artefacto de la casa que sabe jugar al culo sucio, el único al que uno le entrega sus partes íntimas y se somete a ese pequeño aluvión ascendente del río Mendoza. Tiene cosas embromadas. Por ejemplo, es muy jodido ducharse en el bidet. Pero también sirve para otros menesteres, para lustrarse los pies, para cortarse los callos, para bañar al bebé o para lavarse la cabeza cuando el nervio ciático nos hace vivir doblados. No se usa en todos los países. Hay países que lo desconocen. En esos países, las hemorroides son más durables. Por suerte, en el nuestro es una costumbre afincada. Al lado del inodoro argentino, el bidet argentino, con su enorme boca abierta, nos da la tranquilidad de saber que esa fuentecita doméstica habrá de apuntarnos y seguramente dará en el blanco. El bidet; bien vale como conclusión regalarle una poesía. Ico, ico, caballito blanco. Sin riendas ni recado, Ico, ico, llevame cabalgando. Por la pampa blanca de los azulejos. Con tu impulso aguado. Hasta que yo sienta que mi traste viejo, chorreado, chorreado, siguió tu consejo y está inmaculado.