Los productos vegetales tienen mucho que ver con nuestra vida cotidiana, por lo menos los usamos como ejemplos para los apodos. A un pelado se le dice de apodo cebolla, porque tiene más pelos en el poto que en la cabeza, y a un cabezón se le puede decir puré de enfermo, puro zapallo. A aquellos que aparecen en todos los agasajos y reuniones se les dice perejil, están metidos en todas las comidas. A un borracho se le puede decir naranja en el suelo, porque se levanta, se lava y se chupa.
Pero también las frutas y las verduras aportan comparaciones que nos afectan a los seres humanos: un zapallo es alguien tonto, algo así como un nabo; un tipo que no sirve para tomar decisiones es un perejil; un dandy es un banana; cuando compramos algo para que después no funcione seguramente lo compramos por chauchas y palitos. En el 2007, algunos de ellos adquirieron mucha trascendencia, pero por otro motivo: por los precios, la papa fue una de ellas, fundamentalmente el tomate.
A tal punto que algunos restoranes dejaron de ofrecerlos como ingredientes de sus comidas, porque elevaba el precio del plato hasta hacerlo impagable. Pues parece que hemos iniciado el 2008 con otro producto vegetal vedet: el limón. El limón, que ha sido el rey de las ensaladas y aliños caseros, infaltable cuando se sirven milanesas o se prepara un chimichurri. El limón, que ha sido una comparación propicia para la parte delantera de la anatomía femenina, ha pasado a ser artículo suntuario.
Hasta los verduleros dejaron de ofrecerlos. “Antes, con veinte centavos podía llevarme uno”, me dijo doña Pancracia, ahora hacen falta hasta dos pesos para proveerse de una unidad: el kilo está a diez pesos. Es un lujo que no puedo darme. Algunas verdulerías han empezado a vender limones por fetas, en las joyerías del centro se ofrecen en las vidrieras pulseras de melones, son algo pesadas, pero lujosas. Hay planes de ahorro para comprar limones, pero tenés que entrar en licitación. Algunos bancos dan créditos para estos menesteres. Mientras tanto, una de las grandes incógnitas de la humanidad sigue sin resolverse, y ahora tiene menos posibilidades de hacerlo. ¿Por qué el chorro de limón siempre nos acierta en el ojo? ¿Ah?
