El “somos distintos, claramente” o “no somos iguales” resultó ser, en un debate caliente y picante, como ha sido el tramo final de la campaña hacia la presidencial del domingo, el único punto de coincidencia entre Mauricio Macri y Alberto Fernández en un desesperado intento –más por el presidente, que busca su reelección, que por su contrincante, quien aparece como favorito– por seducir la apetitosa franja de indecisos que todavía pululan en el escenario político argentino.
No hacía falta que lo expresaran. La grieta política en la que se reparte el país en dos lo ha dejado en evidencia con absoluta claridad. Pero, el domingo, y no hace falta acudir a los sondeos que de todas maneras están mostrando el fenómeno, la amplia mayoría de los argentinos irá a votar por la negativa, en contra de, para salir del actual momento de una buena vez, o para no volver al pasado. El encuestador mendocino Elbio Rodríguez suele decir que el votante, cuando elige, lo hace por preferencia, algo así como un “esto, en vez de aquello o de lo otro”.
Esta campaña no ha provocado enamoramientos. Sí pudo haber afirmado las convicciones que ya se tenían en buena parte de los votantes de Fernández o los de Macri, en la franja de los convencidos, a los que se suman los enfervorizados o fanatizados. Para el resto –una cifra de votantes nada menor, que es la que termina inclinando el fiel de la balanza al final de todo–, la decisión pasará por la bronca, el desencanto, por una nueva apuesta incierta, como tantas otras veces ha ocurrido, o para bloquear lo que no se quiere nunca más.
Para los restantes días, la última semana, Macri y Fernández ponen en juego todo lo que tienen a mano. Se inclinarán por las dos cuestiones que, entienden, dividen y le han dado sustento a la grieta. Se trata del miedo al kirchnerismo, a sus métodos, concentrado en el regreso de Cristina al poder, de un lado, mientras que por el otro se ofrece la puerta de salida al liberalismo económico y el regreso al estado de bienestar, al consumo, al crecimiento y desarrollo de la producción y la industria nacional.

A los argentinos se les puede hablar de las bondades que se alcanzaron con Macri en el poder, representado en el regreso al mundo y a formar parte de los ámbitos internacionales, en donde se está jugando por estos años la nueva dirección de la economía y el desarrollo global. Pero, ese regreso ha significado penurias a los mortales del país. Que Argentina haya estado a punto de ingresar a ese círculo de pensamiento mundial y de negocios exclusivo, como la OCDE, que haya coqueteado y, por algunos momentos, se haya mezclado con las principales naciones del mundo como una más, no se manifestó hacia dentro en mejoras directas a sus distintos segmentos sociales. Por el contrario, todos los índices, precisamente sociales, se desmoronaron, deteriorando aún más la situación que heredó Macri en el 2015.
Como todo opositor con chances cada vez más importantes a medida que se ha ido deteriorando el estándar de vida de los ciudadanos, Fernández avanza como favorito, aun saliendo de un debate en el que no pareció mostrar su mejor cara ni sus armas más potentes en todo su esplendor. La esperanza en él está centrada es que es visto como el principio de solución a los problemas, así de simple. Problemas de índole particularmente económico. Por eso se lo prefiere, de acuerdo con los sondeos, y por eso se explicará su triunfo si es que, finalmente, se termina concretando el domingo. A Macri no le alcanza lo que resta de la campaña, ni siquiera si se hubiese dado cuenta un año antes, quizás, con dar vuelta lo que parece estar sentenciado, afirmando que el ajuste se terminó y que lo que viene es el alivio, porque todo indica que no habrá alivio tampoco con Fernández, al menos, para el año próximo. Sin embargo, en contra de Macri, lo que está operando es el hastío y el convencimiento colectivo, mayoritario, de que su tiempo se acabó.
De todas maneras, lo que se habla y se presume que puede llegar a ocurrir con la elección está basado en especulaciones, claro está. Los indicios muestran que aquella nueva ola que emergió en el 2015 reclamando y exigiendo un cambio de rumbo para Argentina, lo que para muchos fue un paradigma distinto de lo que por muchos años se fue instituyendo en el país, hoy podría haber sido superado por ese cúmulo de necesidades primarias, de base económica, que ciertamente no fueron respondidas por un gobierno que pone en juego todo lo que logró construir a favor de lo que se considera la república; una construcción con máculas, deforme e irregular, es cierto. Pero, así como se fracasó rotundamente en lo que hoy la mayoría le está reclamando, hay que considerar y destacar los avances de todo aquello que hoy es secundario.
Estas son las características de un país que siempre deambuló en penumbras, casi sin saber hacia dónde iba y por qué lo hacía; un país que dejó atrás, muy atrás, aquellas épocas en donde hubo generaciones que degustaron de las mieles del vanguardismo en un sentido amplio, pero de las que ya no quedan sobrevivientes. De lo que hay testimonio vivo, en la memoria de los vivos, es de todo aquello que han dejado las últimas décadas: un viaje típico de tren fantasma, pendular y neurótico. Nada más y nada menos.
